Leyó entre ellos las palabras invisibles que no fueron escritas.
Así fue cómo supo que había llegado el final de lo que no había sido principio.
Porque no hubo una búsqueda, ni un encuentro, solo una brisa impregnada de salitre que quedó suspendida sobre el mar; y en ese halo, fue inevitable que surgiesen las palabras, como brota el agua de un manantial. Por eso leyó las palabras invisibles que nunca fueron escritas.
Ya lo esperaba.
Mas una dulce sonrisa se abrió en su cara, sonrieron sus ojos y su boca; sintió la misma brisa por dentro, y eso, nada ni nadie lo podía cambiar. Dejó su mirada clavada en la rizada superficie del mar.
Por unos instantes, se sintió salitre en suspensión.
Una porción de íntima felicidad.
Por unos instantes, se sintió salitre en suspensión.
Una porción de íntima felicidad.