29 de octubre de 2007

Cual volutas de humo.



Para ti, Ma petite amie.




Como
v
o
l
u
t
a
s de humo entrelazadas
que cambian de forma en su ascenso
resuelven convertirse en capas
semitransparentes y perderse olvidadas
en el techo de tus sueños
para
definitivamente fundirse
en el enrarecido aire del ocaso
hasta que... huidizas
encuentran un resquicio abierto
por el que filtrarse lentamente
y acabar sin saber cómo
siendo de nuevo aire no expirado ni viciado
sino claro y nítido en la luz
que la mañana trae
envuelta en deseos y nostalgias
de perdidos recuerdos rezagados por ausencias
prendidas en olvidos forzados.


Y nos maravillamos de su magia
de su recorrido envolvente
buscamos razonar el porqué
de sus espirales algodonosas y tenues
y nos contagiamos de su libertad aparente
y cabalgamos con ellas
a la búsqueda del reencuentro que nos renazca
que nos libre de toda culpa...

¡Son tan simples!
¡Tan llenas de contenido y tan vacías a la vez!
¡Cuántas horas entretejidas en la misma espiral!
Todo lo saben
en todo pueden entrar
sin pedir permiso
se instalan en cualquier lugar.

Divinas palabras
mudas para los demás
divinas palabras
aún sin pronunciar
que en el pensamiento
no cesan de gritar
ahuyentando así los miedos
de la propia soledad.

13 de septiembre de 2007

El despropósito del propósito.


Tenía el propósito de escribir algo cortito para relatar mis peripecias de estos primeros días de setiembre a propósito de la preparación para el traslado a mi nueva casa.
Había pensado intentar algo entre jocoso y divertido contando las diferentes averías que mi cuerpo, mis manos y mis uñas han sufrido haciendo tareas propias de profesiones ajenas a la mía y de las que no tengo mucha idea, de lo patosa que soy por andar a 100 por hora, por actuar con rapidez cuando no hay que tenerla, etc., Lo siento, pero no me sale. Hoy no soy capaz de lograr un tono distendido, alegre, burlón incluso. Se me ha encogido el corazón y mi lagrimal se ha desbordado. Me han comunicado un suceso que no me permite estar contenta, muy al contrario. Y siempre me ocurre lo mismo cuando esto sucede, primero me entran unas ganas de llorar espantosas porque no puedo dejar de ponerme en la situación de las personas a las que les sucede eso; después, me imagino cómo me sentiría yo si me hubiese tocado directamente; y, por último, me entra una rabia repleta de impotencia y un montón de preguntas sin respuesta agolpadas en la mente que giran en espiral una y otra vez.
¿Cómo se acepta, se entiende, se asimila, se explica la muerte de una criatura de tres años tras un año de operaciones, pruebas, quimioterapia y demás? ¿Hay alguien que pueda dar una respuesta? ¿Hay alguna explicación posible para el sufrimiento gratuito y de fatal desenlace para una criatura?
¡No sabéis cómo envidio a los creyentes de cualquier credo en situaciones como esta! El consuelo del paraíso eterno ayuda a minimizar el dolor, supongo.

1 de septiembre de 2007

¡Qué follón de verano!


Tengo una "pepita grilla" que me apura para que deje de hacer la vaga y escriba un post, parece que el último que hice traslada demasiado a la tristeza y tiene toda la razón del mundo. Perdón, recibo noticia de otra "pepita grilla" que también me apura.

Así es que, me pongo las pilas porque se me avecinan días de mucho trajeteo y probablemente esté algún tiempo sin poder escribir. El motivo del trajín es que me cambio de casa (a una casa, ¡al fin!)y aún tengo muchas cosas por hacer antes del traslado. Una vez efectuado éste, ya no quiero ni pensar en la colocación de todos los bártulos que vamos acumulando a lo largo de esta efímera vida. Más de una vez he leído datos sobre que si colocásemos encadenados diferentes elementos de mínimo tamaño pero muy abundantes, rodearían el díametro del planeta Tierra un par de veces. Del mismo modo pienso que si colocásemos en fila todos los objetos, cacharros, enseres, ropa, libros, etc. que tenemos en cada una de nuestras casas, a buen seguro que dejaríamos el planeta recubierto con abrigo de mil capas y aumentaría su volumen en una proporción considerable.

Por mucho que despotriquemos sobre lo material de nuestra sociedad, estamos inmersos en ella y seguimos, de una u otra manera, sus pautas. Conste en acta que ya hace unos cuantos años que he empezado a desechar cantidad de cosas que no me hacen ninguna falta, sólo para limpiar el polvo que se acumula en ellas y, decididamente, no estoy por la labor.

Es cierto que unimos nuestros sentimientos a cantidad de objetos que parecen acompañarnos a través de los años y de los sueños, pero hay que saber desprenderse a tiempo de recuerdos que sólo nos hacen sentir tristes o recordar a seres que ya no están y a los que hemos querido; o, simplemente, darle una utilidad distinta a aquello que ya no nos proporciona placer o no podemos usar. No, no creáis que me he vuelto majara, ni que soy desagradecida con las personas que me han regalado cosas y ahora no las quiero; no se trata de eso. Simplemente es no acumular más de lo que se necesita en todo el amplio sentido de la palabra. Es decir, necesito mirar este cuadro de vez en cuando porque me gusta, entonces lo necesito. Estos pantalones no me sirven desde hace cuatro años... ¿y si adelgazo y me sirven?, no los necesito ahora, a otra persona le pueden servir. Esta colecciòn de minerales que hizo mi hijo de pequeño y que no se ha llevado,¿la guardo porque la necesito metida en una caja en el trastero?, no la necesito.

Y podríamos seguir así enumerando cientos de ejemplos. Y muchas de las cosas que tenemos y nos ha hecho mucha ilusión tener, puede que siembren la misma ilusión a alguna persona a la que lleguen después de haber sido nuestras, porque todos (o casi todos) hemos empezado por tener pocas cosas y no podíamos comprarnos un adorno o una figura que nos gustase, ¿por qué no proporcionar ese placer a otros si uno ya no las necesita para sentirse a gusto?

Cada vez me cuesta menos desprenderme de las cosas. No me gustan mis paredes desnudas, pero a veces un simple dibujo infantil hecho con cariño la llena tanto como el cuadro de un pintor famoso; o una simple salamandra de lata pintada con colores alegres me produce esa chispa de alegría que una necesita cuando ha tenido un mal día.

Divago, perdonad. En realidad quería contaros un poco de mi verano, pero creo que no merece mucho la pena, pues los asuntos de papeleos y llamadas telefónicas que suponen vender y comprar una propiedad inmobiliaria no son nada interesantes, más bien lo contrario.

Pero no todo han sido sinsabores burocráticos. También he hecho dos viajecitos, uno para ver a mi hijo y otra a tierras gaditanas, éste último en plan relax total: playa, paseos, pueblos, niños, adultos, gente, paisajes, MAR, olas, casitas blancas, cielo azul, calor, chiringuitos, sombrillas, y... carretera, mucha carretera, ¡qué calor!

Tuve visitas en casa con las que me he encontrado muy a gusto y ha venido también "ma petite amie" a conocer estos lares. Siento no haber tenido la cabeza más desocupada para atenderla mejor, pero me ha encantado tenerla porque es una persona muy especial con la que espero compartir muchos momentos más. Y hemos pasado un día estupendo en "la casa del mar" con la genial familia "V+V+E", siempre tan generosas con lo que tienen y con las que es imposible aburrirte. Deseo que el nivel del mar no aumente, como dicen las predicciones, porque si esa casa desaparece, a mí me va a dar algo. (Lo siento V, pero yo no quiero que a tu madre le dé el canguelo y la venda, opino como tu hija, hay que conservarla).


Y me voy ya, que me pongo pesada y no es cuestión. Intentaré inspirarme más en breve y soltar algo que resulte más interesante para tod@s.

9 de julio de 2007

Quince primaveras... para el abuso sexual.



Helena, autora del blog "Hablando se hace camino", hace eco de una propuesta de otro bloguero, Víctor Solano (Lind5), sobre los abusos sexuales a menores. He prometido escribir un post al respecto, aunque ya he tratado el tema del maltrato a menores en otro post, solidarizándome con el asunto y para alertar a l@s que lo lean sobre los posibles síntomas que l@s niñ@s víctimas de ellos pueden mostrar. Como Helena ya ha dado en su post una extensa larga sobre esos síntomas o manifestaciones, yo me limito a contaros una historia, muy triste y cruel, pero tan real como la vida misma.


En memoria de ella y de sus quince primaveras.


Su vida era de apariencia normal. Asistía a la escuela diariamente, como cualquier niña de su edad. Jugaba con todos y era querida por sus compañer@s. Su rostro era dulce, de ojos claros y mirada de honestidad. Tenía un cuerpo delgado, esbelto y agraciado. Su figura inspiraba a la ternura.


No destacaba en nada relacionado con lo académico, mostraba cierta dificultad... Parecía despierta, desenvuelta, se movía con agilidad, pero a la hora del estudio, no se podía centrar.

Durante el invierno parecía mejorar, entendía las cosas, se aplicaba más, se felicitaba su progreso, un atisbo de luminosidad...


Sus profesor@s se animaban, podría llegar, sacar su título de graduado, quizás aprender un oficio, poder trabajar. Y, al acercarse La Navidad, todo parecía volver atrás. Su mente se confundía, olvidaba lo aprendido, su letra mostraba inseguridad, su mirada se volvía inquieta y su cuerpo no podía parar. Un extraño nerviosismo se apoderaba de su cuerpo, de su mirada, de todo cuanto hacía y su cabeza vagaba ajena a lo que sucedía a su alrededor. ¿Será la preadolescencia? ¿Será la pubertad? ¿Por qué es tan evidente que se altera sin motivo aparente y no se puede centrar?


De sus labios no salía una palabra que lo pudiera explicar. Nadie sabía lo que podía por su cabeza pasar...


Y pasó la Navidad. De nuevo, tras unos días, su mente parecía volver a funcionar. ¡Qué raro! ¿Ya no está en la pubertad? ¿En unos días se puede ésta pasar? La familia no sabía. Es que le gustaba mucho jugar, casi siempre fue así, para adelante y para atrás.


Se aproximaba el verano. Un último esfuerzo final. Malos tiempos para estudiar. Se repite la historia. Puro nervio en tensión. Y cada día peor. La profesora pregunta, intenta indagar qué es lo que pasa por esa cabecita que tantas vueltas da... La niña, doce años, abre los labios para hablar. Te cuento una cosa si me prometes, profe, que a nadie se lo contarás. Te lo prometo, hija, no lo voy a contar. Tengo un tío en el extranjero que viene a mi casa cada tres o cuatro meses y desde los siete años me viola siempre que está. No se lo he dicho a nadie porque me tiene amenazada. Ahora que ya sé lo que ha hecho conmigo tengo miedo también por mi hermana que tiene siete años y en la que ya se empezó a fijar.


La profesora no cumplió su promesa, no guardó su secreto, y así se lo hizo saber. Esto sí era una cosa que había que contar, a sus padres y autoridades y a todo el que la quisiera escuchar.

Lloraba la criatura, de vergüenza y de temor por lo que podría pasar.

Siempre sienten vergüenza los que son humillados y no los que humillan y ultrajan, corrompen y destruyen. ¡Qué barbaridad!


El individuo abusador no volvió a poner los pies en terreno español.

La niña creció y se convirtió en una preciosa adolescente, mucho más sana de lo que cabría esperar; con su tremenda carga a cuestas, pero sin crisis de ansiedad, sin temor de ser violada, mostrando, a pesar de todo, su enorme bondad.

Acabó sus estudios, obtuvo el graduado un año despúes de la consabida y reglamentaria edad. En FP se iba a matricular. Todo un verano por delante para al fin, disfrutar en paz, con alegría, como corresponde a cualquiera con su edad.


Y un esplendoroso día de verano, su primo estrena moto y la lleva a pasear. Preciosos recién cumplidos quince años que la niña va a estrenar. Dicharachera y alegre, la sonrisa abierta al viento y su pelo a ondear, abrazada a la cintura de aquel primo de casi su misma edad. Un giro en la curva, no sé la velocidad, derrapan y se empotran contra un árbol del final. Sale despedido su cuerpo y... ya no sonreirá más. No volvió a despertar.


Injusticias de la vida cuando empezaba a olvidar, cuando la alegría asomaba en cada poro de su piel y la risa afloraba alegre en su boca de miel.


Maldita sea la estirpe del tio abusador. Miles de gusanos corroan su órganos antes de que la dulce muerte se acuerde de él.


Perdonad si me muestro cruel, no lo puedo remediar.

25 de junio de 2007

Ser otra sin olvidar, vivir




Más de un mes sin escribir, sin comunicarme con la blogosfera, sólo leyendo blogs conocidos. Tampoco es mucho, ¿no? Nadie me ha echado en falta, señal inconfundible de que nadie es insustituible. Y eso está muy bien.

Pero no, no por ello voy a dejar el blog, al menos de momento. De vez en cuando necesito escribir lo que me ocurre o lo que pienso a pesar de que las complicaciones de la vida cotidiana me impidan disponer del tiempo necesario para ponerme a ello, o, en todo caso, de la pausa inherente que supone el escribir en medio de las ocupaciones. Ya sabéis que no soy dueña de mi tiempo, se me escapa como agua atrapada en las manos... ¡Ay, cómo añoro aquellos años en que mi noción del tiempo era otra y éste permanecía a mi lado como fiel compañero, dejándome apreciar en todo su valor cada segundo transcurrido con la permanencia de minutos e incluso horas!

Pero hoy vengo aquí decidida a hacer otra cosa, a escribir sobre otras personas, personas que se han cruzado en mi camino o yo en el suyo y me hicieron sentir cosas, con las que me he reído, compartido cafés, meriendas, celebraciones infantiles, asuntos profesionales, personales, afectivos y mundanos.

Sí, personas que, si echamos la vista atrás, conocemos desde hace tantos años que casi nos echamos a temblar: "¡Leches!, taaaaaanto ya! ¿Soy taaan mayor?" Pues sí. Lo soy, lo confieso. Pero a lo que iba, que como siempre, me voy por las ramas.

Hoy dedico este post a mi amiga C, una persona especial con la que he compartido muchos años de profesión, de amistad, de respeto mutuo y de cariño. Mañana se despide de esta profesión nuestra, tan gratificante a veces y tan difícil las más de ellas. No sé exactamente cuántos lleva ella, pero aproximadamente unos cuarenta, si no los pasa. No sé qué pensaréis vosotros, pero yo, pienso, humildemente, que cuarenta años haciendo lo mismo marcan a una persona por mucha personalidad que tenga. O sea, que aunque quieras disimular a qué te dedicas, se te nota a kilómetros de distancia. Y este es su caso. Su figura responde a la perfección al modelo de su profesión.

¿Que cómo es?- os estaréis preguntanto. Os la describo ahora mismo:

Morena, de cara redondeada pero sin un ápice de carne en las mejillas, de ojos grandes, curiosos y cansados de tanto corregir cuadernos con faltas de ortografía, un poco apagados por el uso de las siempre metálicas gafas tras las que ocultan su brillo natural y que recoloca de vez en cuando sobre la estrecha y recta nariz; de ligerísimo y firme caminar, con la desenvoltura de quien sabe siempre a dónde va, a pesar de que sus huesos se resientan del exceso de humedad, de las forzadas e inadecuadas posturas de tantos años dedicada a la corrección y al tamaño de los pequeños pupitres.

Ignoro la talla de su ropa, pero podría pasar por la de una chica rozando la anorexia. Su cuerpo parece no resistir un día de ligero temporal sin peligro de que lo arrastre cual hoja seca en otoño ante un repentino golpe de viento. Sus gestos, sus andares, tienen cierto aire de femineidad. Sus manos son fuertes y ágiles, acostumbradas a trabajar en labores que requieren convicción y suavidad, que sirven tanto para cocinar como para realizar una perfecta y simétrica letra, tocar el piano o pintar. La música y los niños son sus pasiones.

Hace veinte años empezó a saber reír con ganas, se desprendió de un terrible lastre con el cargó durante 16 o 17 años. Nunca fue afortunada en el amor, mas siempre conservó un atisbo de búsqueda, una curiosidad por entablar, en la discreción, una posible relación que la resarciese de su primera y única experiencia amorosa. En su interior habita una mujer con mucho que ofrecer y poco que pedir. Pero estas premisas no resultan premiadas. Sus quehaceres cotidianos, durante muchos años, han sido sus maravillos hijos y más tarde su madre, a la que tuvo que cuidar a pesar de no adorarse mutuamente, porque... ya se sabe, donde hay hijas no existen hijos que colaboren en el cuidado de una madre.

Ciertamente, colocando en una balanza, es obvio que merecía una buena recompensa, que la vida se explayase con ella, que le regalase una duradera sonrisa para resarcir sus antiguas angustias, su total dedicación, su renuncia a una vida propia. Y no ha sido así. La puñetera vida le ha dado el tajazo más duro que una madre puede soportar: le arrancó a su hijo, al pequeño, al más débil y sensible de los tres.

Desde entonces, su sonrisa se ha convertido en una burda mueca imitadora, su mirada se ha teñido de tristeza, sus pasos se han vuelto cansados, inseguros y han perdido velocidad. Sus manos, seguras, ligeras, se han vuelto temblorosas, como si el viento las agitase levemente y no supiese qué hacer con ellas, como si estuviesen de más. Su ya pequeño cuerpo se ha ido debilitando hasta convertirse en un esqueleto con piel adherida y poco más. Sus ganas de hacer cosas ha ido mermando hasta acabar envuelta en un caparazón aconchado que sólo muestra, a través de una telilla, una parte de sí misma...

Y ha vuelto a intentar volver a sentir algo más que dolor. Ha deseado poder acariciar el amor, tranquilamente, de cuando en cuando, en la distancia, en la cercanía que dan unos días de asueto, en la intimidad que otorga la discreción y el saber hacer, sin alardes, sin trampas, con honestidad. Y la vida, le ha vuelto a fallar.

Sus fuerzas, inexplicables, increíbles, admirables, le han dado un giro de 180º a la vida que llevaba: ha cogido sus pertenencias, ha vendido su casa y se ha mudado de lugar. Porque aún le quedan cosas por ver, por soñar, por experimentar, disfrutar y por hacer.

Probablemente conserve su concha-caparazón, para que eso que damos en llamar "amor" no la vuelva a dañar.

Y tal vez, mirando al mar, sus tempestades internas conformen un halo de tranquilidad, de paz, risueñando hermosos momentos guardados en el centro de su memoria, en medio de su corazón y presagiando otros que sentirá con inusitada alegría y renovada libertad.


A ti,
amiga,
a ti,
por comenzar a ser
lo que nunca fuiste,
por soñar lo que nunca
fue por ti soñado,
por mirar todo cuanto abarca
tu nueva mirada:
un brindis chispeante
de burbujas mágicas
que llenen tus ojos
de alegría inesperada.
tus ligeras manos
de ternuras olvidadas,
tu pecho
de gozo renovado
y tus oídos
de palabras nunca antes
por ti escuchadas.
Brindo por tu nueva vida,
por tu nuevo empeño
en renacer de las cenizas
cual ave fénix herido
que emprende vuelo hacia el sol
para extasiarse
en la contemplación
del más bello de los espectáculos:
el nacimiento de un nuevo día y
en la belleza y sosiego del ocaso.










20 de mayo de 2007

Una carta manuscrita y una postal.


He recibido una postal, una preciosa postal de la tour Eiffel. La persona que me la envió, ha hecho un alto en su atareado viaje, en las mil y una imágenes que su retina trató de aprehender, en todas las diferencias del entorno conocido y habitual con este nuevo que se le presentaba y, en medio de todo el conglomerado de novedades y de palabras en francés, ha pensado en mí para dedicarme unos minutos de su entretenido tiempo para comprar y escribirme una postal. Es mi más joven amiga. Y si todos sabemos que la juventud promete, ésta en particular, promete mucho.


También recibí una carta. Extraño envío en estos tiempos, ¿verdad? ¿Quién escribe cartas hoy? El teléfono y este medio en el que escribo han sustituido a las cartas manuscritas. Y yo lo uso, pero el encanto de una carta manuscrita, para mí, no puede ser superada por una enviada a través de email. ¡Cuántas cosas expresa una carta manuscrita! :


El preciosismo inicial que nos empeñamos en transcribir cuando la empezamos, con la letra lo más perfecta posible, sin salirnos de los márgenes, toda del mismo tamaño. El orden que le vamos dando a los pensamientos antes de escribirlos, la búsqueda de las palabras que creemos más adecuadas para decir lo que deseamos, el orden de prioridades que le damos a los diferentes asuntos que queremos tratar, la colocación de los signos de puntuación adecuados, el tono mismo de la carta según a quien vaya dirigida, el deterioro de la letra cuando ya se nos va cansando la mano, la dismuinución en el tamaño de la misma cuando no queremos empezar otro folio y no nos cabe lo que aún nos falta por decir; y, finalmente, cuando ya la creemos terminada, añadimos una posdata en un margen o en los dos, porque nuestro pensamiento había olvidado algo realmente importante. Por último, la firma va en un lugar que no le corresponde. Por no decir las anotaciones que a veces se ponen en el mismo sobre si alguna novedad ocurre una vez cerrada ya. ¡Se saben tantas cosas a través de una carta sin tener que leer el contenido!


Volviendo a la carta, una sorpresa que no esperaba, también su contenido lo fue, porque se depositaba en ella pensamientos que nadie compartía hasta ese momento en que su autora los escribió para mí. También era de una amiga, de una muy buena amiga, de esas personas rarísimas que hay en el mundo que dan sin esperar nada a cambio, cuya generosidad es algo innato, que de su debilidad sacan fortaleza de guerrero y que poseen un alto sentido de la justicia con la sensibilidad necesaria para distinguir lo criticable de lo que no lo es y lo superfluo de lo importante.


Y, precisamente porque para ella era importante lo que le estaba sucediendo, me confió su disgusto ante la incomprensión, el disgusto de que no se comprendiese su forma de ser y estar tras un profundo bache del que aún guarda un "honroso luto".


Como casi nunca me quedo en el primer pensamiento que me viene según oigo o leo algo, también he hecho mi reflexión sobre el tema en cuestión y lo traslado a otras situaciones personales en las que los cambios efectuados en personas próximas afectivamente me hicieron reaccionar de uno u otro modo. Es decir, si cuando alguien experimenta un cambio notable en su forma de estar y ser, aceptamos sin más ese cambio o nos dedicamos a pinchar para que reaccione y vuelva a ser lo que era.


Casi nada, el tema daría casi para una novela. Es el transcurso de toda una vida. Algo así como pretender que nuestros hijos no se hagan mayores, que no tomen decisiones por sí solos, que nos consulten todo cuanto afecte a sus vidas...


Me pongo en la situación del amigo que le parece percibir que la persona que ha cambiado está peor que antes del cambio. ¿Qué hago para cambiar la situación, para influír en su ánimo, para que reaccione? ¿La acompaño más? ¿Le dedico más tiempo para saber cómo se encuentra? ¿Me preocupo de hablar sin prisas de ello? ¿O me dedico sin más a pincharla con cierto sarcasmo refiriéndome a todo lo que no me gusta de su aspecto actual? ¿Qué hay de lo que siente? ¿Qué sé de cómo se ve ella?


Es obvio que se quiere ayudar, quizás el problema resida en que la forma no es la adecuada. Para empezar, creo que no somos siempre los mismos, que vamos cambiando según ocurren nuestras circunstancias, aunque haya una base de creencias que permanezca más o menos estable.


No podemos ser los mismos cuando la tristeza nos embarga, cuando la desgracia nos acecha, la injusticia nos rodea y el amor se nos muere o pasa de largo por nuestra puerta sabiendo que "precisamente ese" era nuestro amor.


Todo momento de rabia necesita un tiempo para aplacarse y hacer que vuelva la calma. Todo momento de dolor precisa el suyo para poder volver a sonreír. El dolor profundo, el que nunca se puede borrar de nuestro corazón, de nuestras entrañas, siempre estará ahí, por más que lo queramos distraer; sólo se le dan pequeños respiros, tras los cuales tomamos nuevas fuerzas para poder seguir soportando nuestro ya viejo y conocido dolor.


Y no, no somos los mismos. Algo ha cambiado en nuestra vida, en nuestros sentimientos, en nuestro orden de prioridades, en nuestro quehaceres cotidianos, en la forma que tenemos de afrontar la nueva etapa que se nos presenta o en la que hemos abocado. Todos tenemos nuestro tiempo de duelo particular, nuestro luto ausente de negro, pero luto al fin. Y a la gente no le gusta el luto. Por eso reacciona no aceptándolo.


Tú, querídisima amiga, lo pregonas a los cuatro vientos y casi resulta ofensivo. Además, tu duelo conlleva un cambio brusco ante el que no se sabe reaccionar, ante el que no se te puede decir qué hacer, cuál podría ser una posible solución. Un duelo que no tiene las mismas respuestas fáciles de cómo vestirte para estar atractiva o qué rimmel resaltará más tus pestañas y la mirada de tus ojos, qué ropa ponerte para una fiesta o cómo entablar conversación con un desconocido que te gusta y al que gustas.


No hay respuestas. Hay vivencias. Hay dolor. Hay ausencias. Deseos también; pero no de ser como antes, deseos de tener lo que se tuvo con premisas diferentes, con otros condicionantes más halagüeños. Y casi me aventuraría a suscitar una idea personal: Tu duelo es un duelo a la masculinidad. Necesitas terminarlo, pero no le has puesto fecha, no hay regla que marque "seis meses de luto riguroso y seis de alivio". Será tu ánimo el que decida, tu nueva forma de estar la que resuelva cuándo se pueden abrir las ventanas para que entre la brisa y el sol caliente la estancia, sabiendo que la persona que hay en ella es ya otra distinta a quien la cerró, con una nueva forma de enfrentar la claridad solar y de recibir la brisa acariciadora del mar.


Este post no pretende dar respuestas a nada, tan sólo hacer saber que la amistad es un bien maravilloso que no se puede descuidar ni malgastar, que amigo no es únicamente sinónimo de risas o diversión, lo es también de lágrimas y de comprensión, de saber estar aun cuando no nos guste lo que se hace, de compartir aunque los comportamientos sean otros. Respetar las decisiones, que no compartirlas, mantiene una amistad. Pretender cambiar las decisiones, atacarlas, la hace fracasar.


Para ti, autora de mi carta manuscrita, mi apoyo incondicional, todo mi cariño y, por supuesto, toda toda mi amistad.

25 de abril de 2007

Ni yo por ti ni tú por mí.


- Es tarde, dijo ella.
- ¿Acaso tienes prisa?- preguntó él.
- No, bueno, sí; no mucha, pero tengo... cosas que hacer.-respondió titubeando.
- Creo que no me estás contando toda la verdad, noto cierta intranquilidad en tus palabras y no sé muy bien porqué. ¿No deseas estar aquí, conmigo?
- Pues..., no sé. Aquí no me gusta estar. Contigo, aún no lo sé. Nunca he estado contigo a solas, no puedo saberlo.-dijo segura de sí misma.
- Pero..., ¿no eras tú la interesada? ¿No les decías a tus amigas que te gustaba? ¿No creerás que he venido a hablar contigo porque me intereses demasiado, más bien al contrario, me dijeron que eras tú la que se interesaba por mí.
- Creo, francamente, que necesitarás un audífono, porque lo que oyes lo interpretas al revés, chico. Ni estuve ni estoy interesada en ti, ni ahora ni nunca ni en ningún momento de mi vida. Siento decepcionarte y haber echado por tierra todas tus espectativas, pero para mí eres una persona más de este mundo, sin nada que me atraiga epecialmente o que merezca un mayor interés por mi parte.-alegó ella en su defensa.
- Ya, pues yo creo que te estás haciendo la dura y ... ¿sabes?, no te va nada el papel.-contestó él en tono un tanto chulesco.
- Te equivocas. Nunca he sido tan sincera en mi vida. Adiós.

Ambos se alejaron en direcciones opuestas.
Ella apuró el paso antes de que él se diese cuenta de que ya no podría aguantar más las lágrimas que comenzaban a resbalar copiosamente por sus mejillas. Él, también aumentó el ritmo de sus zancadas, antes de que ella se percatase de cómo se le iban encendiendo las venas del cuello y la hinchazón de las que asomaban por sus sienes.

Ella no encontraba consuelo a su tremenda estupidez, ¿cómo había podido ser tan orgullosa? ¿qué le había hecho reaccionar así? Si se moría por estar con él a solas, si no se podía creer que estuviese hablando con él, tan cerca, tan próxima que podía aspirar su aliento, percibir el calor que desprendía su cuerpo... ¿qué le había pasado por la cabeza? Ahora sí que lo había perdido para siempre.

Él esperó a doblar la primera esquina para pegarle un patada a la pared, a ver si el profundo dolor que sintió en el pie le explicaba el porqué había sido tan imbécil, tan infantil y tan seguro de sí mismo. Ahora sí que la había perdido para siempre. Ahora sí que se había terminado la ilusión de cada día, ese despertar matutino en que se decía que ese mismo día la abordaría para intentar hablarle, para lograr una sonrisa, una mirada, una atención suya hacia su persona... Tras tantas noches pensando en ella, en su figura, en su cara, en sus ojos, había tirado todo por la borda, había sido un auténtico imbécil. Hundió su cara entre las manos y se apoyó con los codos en la pared cercana. Separó levemente el cuerpo y lanzó su brazo derecho con toda la fuerza de que fue capaz contra la pared. Un agudo grito de dolor salió de su garganta.

La tarde declinaba ya. Las sombras que la luces de la farolas proyectaban alargaban las siluetas de las casas, de los árboles, de las personas que regresaban a sus casas.

Una creciente y aún tímida luna asomó entre las ramas de un florido magnolio.

Las encogidas figuras de los transeúntes se resguardaban del frío con los cuellos subidos de los abrigos. Pronto todo estaría solitario. La noche se presagiaba muy fría. El viento, moderado, traía cuchillos acerados que se colaban inexplicablemente por todos los resquicios invisibles de su ropa, penetrando en su piel y aguijoneando aún más el frío helado que embargaba su corazón, sus músculos, su sangre y hasta su pensamiento; en estos momentos pensamiento único: la había perdido para siempre.

Ella, consiguió llegar a su casa sin saber muy bien cómo, pues la abundancia de las lágrimas formaban una capa como de espesa niebla que no le permitía ver apenas las calles por donde pasaba. Logró articular un ininteligible saludo-excusa ante sus padres de que se encontraba mal y se iba para cama. Prácticamente se tiró sobre ella y ya no pudo contener más el grito que ahogaba en su pecho y le anudaba la garganta impidiéndole casi respirar. La almohada amortiguó el sonido del torrente de sollozos.

Fuera, la noche extendió su manto por todos los rincones. No quedaba nadie en las calles. El viento se hizo más presente, más intenso, vigoroso y circular, cual remolino caprichoso.
Qué curiosidades tiene la vida, climatología y sentimientos al unísono. No había diferencia. Eran lo mismo.

Ni ella ni él durmieron aquella noche. Tal vez tampoco lo hicieran la siguiente.

Algún día recordarían aquellos momentos y la distancia en el tiempo les permitiría hacerlo casi con una sonrisa en los labios. ¡Vaya cuelgue que tenía con ese chico! ¡Vaya cuelgue que tenía con esa chica! Y ambos pensarán: ¿Qué habrá sido de él? ¿Qué habra sido de ella?

17 de abril de 2007

¿Anochezco o amanezco?


Y anochezco otra vez

envuelta en quehaceres

incontables.


¿Cómo se nombran

las idas y venidas

de un lugar a otro

buscando un no sé qué...?


¿Y cómo al capricho

que neuronas fusionadas,

juguetonas y sádicas

invierten en hacer

que nuestro pensamiento

divague sin saber por qué?


Más... aquí estoy,

anocheciendo otra vez.

Mejor ni os cuento

mi ruinoso y patético amaneciendo.


¿Invención o realidad?

¡Vayamos todos a saber!


Que no todo lo que parece

acaba por siempre siendo.

Que no cuanto percibimos

es realidad o es sueño.


Hay un punto intermedio

que ni lo uno ni lo otro es;

así busco, pues

en qué punto me encuentro,

y hasta llego a dudar,

si vosotros estáis,

aquí, allá o en medio,

o quizá en ningún lugar.


Más no me hagáis caso,
este soso divagar
es prueba fehaciente

de una persona vehemente

empecinada en preguntar

cuando no hay qué contestar.


22 de marzo de 2007

Palabras para Lucía.




Fue precoz al nacer.
Llegó silenciosamente
prendida de vida por vivir,
con los párpados velados
y los puños cerrados,
el latido lento
y débil el aliento
ovillada de frío
succionaba con ansiedad,
un pulgar a medio formar.



Y... cuando al fin
le tocaba salir,
cubrió de llanto el cuarto,
de lágrimas la cuna,
de reclamos el pecho,
de miradas los rostros,
de preguntas sin palabras
y, a su manera dijo,
¡aquí estoy yo!

Exploró muchas sendas,
recaló en muchos sueños,
abordó en sentires,
jugó en ruletas
que no están en los casinos,
luchó, con fuerza,
contra el desamor.


Recorrió los poemas
que su vida escribió,
los llenó de palabras,
de amores los pobló.
Rezumada de vida
hasta él llegó,
de sus poros salinos
sus vientos llenó...

Y... un día...
¡a saber cuál!
aquellos vientos
que los salinos poros
absobieron por amor,
soplaron hacia dentro
y el soplo amainó.

Del todo a la nada,
de ti a mí,
de mí a ti...
¿qué hay?

Y aquello fue resbalar,
y lo otro caer,
para más tarde tropezar.
Que luego fue
llorar,
después gritar,
no poder pensar.
Llorar, amar, odiar,
odiar, amar, llorar.

Ahogó sus pensamientos,
detuvo las ilusiones,
arrinconó los deseos,
confundió las esperanzas,
escribió su epitafio
entre los nudos de sus dedos,
aspiró su veneno
con premeditada lentitud,
quizá empecinada
en que sus poros salinos
tradujesen de nuevo
la palabra a-mar.

Fue precoz al nacer.
Silenciosa su huida.
Prematura su muerte.
Eterna su poesía.
Y yo la quería.

16 de marzo de 2007


Entre despertares somnolientos
descuelgo pisadas leves
sobre las maderas tibias
donde se guardan los sueños.

Sigilosamente desplazo andares
y paseo miradas
en los pequeños retazos
que componen recuerdos।

Lentamente detengo
memorias escapadas
que acuden huidizas
entre nubes blancas।

Preciosos instantes
que cabalgan alegres
por cada centímetro
de mi piel erizada.

Ecos sonoros
que despiertan sentidos
tintados de azul mar
de espuma de olas
y vientos encrespados।

Derramo gotas de rocío
sobre cada pétalo
que ofreció su color,
su olor y su belleza
al ser contemplado।

Despojo hojas secas
de los verdes tallos
reconduciendo savias
que erraron caminos।

Y así retomo
la energía de la vida
que anida en cada gota
que cuelga en cada rama
que respiro en cada aire
donde hay una mirada.

10 de marzo de 2007

Confesiones silenciosas.


Estos ya largos silencios, en los que me sumerjo a veces, forman parte de mí, son producto de ensimismamientos en mi propio ser, o en mi propio estar. Es como si necesitase repensar, muchas veces igonoro el porqué, pero me adentro en lo que pienso y consigo hacer un torbellino que viaja tan rápido, que toca tantos puntos, que observa tantas cosas, que no sé con cuál de ellas quedarme para comunicárosla, para que opinéis sobre ella o para que la repudiéis si cabe.

Es algo necesario en mi estado de vivencias. Algo que he hecho a lo largo de mi vida en muchísimas ocasiones, pero sin tener un blog. No me lo había planteado hasta hace poco, por eso no sabía cómo explicarlo, pero sí sabía que me sucedía. Otros necesitan ir al café todas las tardes con l@s amig@s, a hacer deporte a una hora determinada, o tener un horario que nunca se puede alterar, o asistir a una terapia... Todos necesitamos "un algo más" que nos llene u ocupe o nos permita no pensar. Yo me inundo de mí, me hundo en mis preocupaciones, divago, me distraigo con cualquier cosa, me agobio con el demasiado quehacer, me demoro en las cosas más simples y cotidianas, me echo en cara no aprovechar más este tiempo tan escaso que tengo, el no ser más eficiente... Y cuánto más lo hago, más perdida en el tiempo estoy, más ineficacia alcanzo y todo me cuesta un esfuerzo sobrehumano.

¿Tiene esto un nombre concreto? Lo ignoro. ¿Estoy deprimida? No. ¿Decepcionada? Tal vez. ¿De qué? Ufff, hay tantas cosas por las que decepcionarse... Pero, fundamentalmente creo que tiene mucho que ver con que me estoy haciendo mayor. Sí, sí, no os riáis. Estoy entrando en el grupo de los mayores achacosos, no sé si temporal o definitivamente, pero noto cosas que me llevan a no querer hacer nada y, os lo juro, a mí antes esto no me pasaba, esta desgana, este hacerse todo cuesta arriba y esta desilusión de que lo verdaderamente importante no tiene mejora perceptible. Resumiendo: esta edad contribuye a que este mi silencio esporádico se convierta en un silencio largo y del que no me preocupa su duración.

Es probable que se quede aquí, entre vosotros y yo, que no trascienda más ni en duración ni en estado. Es probable que tras esta ya incipiente primavera retoñe cual árbol florido y os muestre mis alegres colores, mis envolventes olores y mis mejores cualidades regalen vuestras miradas y os llenen por un instante de alegría. En verdad suelo retoñar cada primavera, me identifico con cada nueva y tierna hoja que brota de cada rama. A veces quisiera ser una de ellas para que mi mirada ante este mundo fuese completamente nueva, sin saber nada de antes, sin que estuviese viciada de prejuicios, de tabúes, de viejos sinsabores... , mas no ocurre así; no soy hoja tierna, soy rama descolgada, quebradiza por la sequedad de mis muchos años, apuntalada por las manos de quienes me cuidan para que no me rompa, pero rama vieja al fin.
Y esto es todo cuanto quería deciros. Confesaros que mi silencio es uno más, un poco especial en esta cuesta arriba que es la vida, pero uno más.

No voy a dejar esto। Algunos de los que visito han decidido hacerlo y no sabéis cuánto lo siento, pasear demorándome con toda la tranquilidad en las palabras de sus rincones es un placer que echaré mucho en falta. Sus huecos serán muy difíciles de llenar. Espero que al menos se paseen por los rincones usuales y nos dejen algunos mensajes para que sepamos que siguen estando ahí, que no rechazan nuestro contacto y que su opinión es un bálsamo que cura heridas de vacíos reencontrados.
A ellos dedico mi último pensamiento de hoy esperando que pronto retomen abrir su rincón de palabras, de pensamientos y deseos, de esperanzas y sueños: A muévese.blogspot.com , a botella al mar.blogspot.com y a pedazodecaos.blogspot.com .

7 de febrero de 2007

Rompiendo silencios.

Si vienes y no estoy...es que no coincidimos

Volvió.
Otra ráfaga
rozó su rostro,
otro insulto
penetró en su
oído.

La rabia,
la poderosa rabia
inundaba su mente
su tensa musculatura,
cada gota
de su sangre,
las chispas
de sus encendidos ojos,
la sudoración
fría
que asomaba
a su frente,
a sus manos,
a sus axilas,
esas gotas de sudor rabioso
que resbalaban ya
por sus mejillas...

No pudo.
Gritó.
Quiso evitar
el golpe.
Pero no pudo.

La bofetada
se quedó.
Se quedó clavada
en la concavidad
de su ojo.

¡dios, se saldrá!,
Se agita,
pulsea,
late como el corazón,
se saldrá de la cavidad...
¡Me va a estallar! -pensó.

Pero no,
no salieron lágrimas,
no iba a darle ese gusto.
Toda su rabia para él,
absolutamente toda
la rabia era suya.

No entendía por qué.
No habia un motivo.
No había una causa.
Tampoco una razón.
Ella no era culpable
de nada,
de nada de lo que allí ocurría.
La habían traído,
la habían llevado.
la habían manejado...
¿qué más querían de ella?
¿silencio?
¿obediencia ciega?


No. No habría silencio.
No quería más silencio
de la vida que llevaba.
Sólo quería paz,
la que allí no había,
la que nunca
le habían dado.
Sí, quería,
necesitaba paz,
pero no el silencio
de lo que le hizo.

Se encaminó,
como cada día,
hacia su centro escolar.
A veces iba, por ratos,
hasta otro lugar.
Por pasar el rato,
por distraerse,
por desahogar...
total,
¿qué iba a aprender allí?
¿acaso enseñan
cómo esquivar
los golpes?
¿cómo dejar de sufrir?
¿cómo acallar los gritos?

Sí, a veces,
se paraba o se iba
a otro lugar,
por distraerse,
por no pensar.
Los profes no lo entendían.
¿qué sabrán?
¿acaso les gritan...?
¿les dan golpes...?
¡Bah!, ¿qué sabrán?

Pero hoy no,
hoy no se iba
a ese otro lugar.
Hoy su silencio
se quiso desperezar.
Su mente habló,
Su boca pronunció.
El silencio se olvidó.
Y alguien
la escuchó.
Y después,
alguien más.
Preguntaban.
Contestaba.
No hubo silencio.
Hubo llamadas.
Conversaciones.
Explicaciones.
No hubo silencio.
Hubo advertencias,
serias advertencias.

Respiró.
No estaba sola.
A pesar de todo.
No estaba sola.

4 de febrero de 2007

Agradecimiento.



Ya pasó. Mi susto sobre mi estado de salud, pasó. Y digo susto porque nunca creí que tuviese exactamente lo que casi me habían diagnosticado, creí tener algo peor y con mucho menos remedio. Pero mira tú por donde, este susto trae un montón de cosas buenas.
Para empezar, la cantidad de personas que han estado pendientes de la realización de las pruebas, de saber cómo estaba, de si necesitaba algo. Seguimos con la que me hace la compra, me trae las cosas. La que sigue viniendo a limpiar. Continuamos con las llamadas telefónicas, los recados que fulano manda por mengana, los mensajes, los correos... A continuación llega la sorpresa cuando alguien se salta a la torera el protocolo pertinente y se presenta en mi casa para comer conmigo ¿...?
Y claro, de repente una es consciente de la preocupación que su estado de salud ocasiona en los demás. Y cuando esto ocurre es porque sienten algo por esa persona. Y pienso, no les debo dinero a ninguno de ellos, así es que su preocupación no es porque la palme y no puedan cobrar las deudas. Aspecto económico descartado. Tampoco porque no se encuentre otra persona que haga mi trabajo, las hay a miles. Será, entonces, que, cada uno a su manera, me aprecian y me quieren. Y resulta que meto gol. ¡Qué creída! - diréis. Pues no, hay gente que me quiere mucho más de lo que yo creía. Una de ellas hasta me lo ha confesado públicamente en su blog y... claro, esto no me lo esperaba ni de lejos. Tamaña confesión hecha por una persona aconfesional, tiene mucho mérito, si a esto se le añade que no suele expresar estos sentimientos en persona nunca, pues doble o triple mérito. ¡Jolines, que me ha emocionado una barbaridad!
Y bueno, qué deciros a
tod@s, que muchísimas gracias por estar pendiente de mí, por haber formado parte de vuestro pensamiento en unos instantes de vuestro cotidiano quehacer, por animarme y, por supuesto, por quererme. Que el lunes ya estoy de nuevo despotricando contra algo o contra alguien, con las prisas en las maneras y, supongo, con una buena sonrisa para empezar muy bien la semana tras este paréntesis preventivo.
Y gracias a ti, la que quiere sin voz, por tener la valentía de escribirlo y los ov.... para reconocerlo.
Desde mi rincón: gracias por estar y ser, sin su existencia yo no sería. Y, ahora que lo pienso, me gusta esto de ser sabiendo que sin el ser ajeno no tendría sentido. Ser sólo para uno no colmaría ni uno solo de los sentidos... ¿a quién le contaríamos lo visto, lo escuchado, lo palpado, lo olido o lo saboreado? En mi existencia están
l@s otr@s, no la quiero sin ell@s.

19 de enero de 2007

Llevándote.


Me gusta pensarte
cuando no estás
a mi lado
porque así te
llevo en mi mente
y ahí te miro
largamente.

Te hablo bajito
y te sonrío
cuando no estás,
te cuento lo que pienso
y lo que veo,
l os sentimientos
que se agolpan
en mi interior
y hasta las contradicciones
que me dictan
mente y corazón.

Me gusta llevarte
cuando no estás,
a mi paso y a mi ritmo
para acelerar el tiempo
que nos separa
y acortar esa distancia
con puente levadizo
que cruza nuestras vidas.

Te veo en la blanca luna
creciente que asoma
apenas
su resplandor
en la noche,
y en la luna llena
cuando altanera se convierte
en la gran dama de la oscuridad,
en guía del caminante
y en sueño de amante.

Me gusta imaginarte
cuando no estás,
rozar con mi mirada
suavemente, tu sonrisa.
Me gusta soñarte
cuando no estás
para olvidar que a mi lado
hay un lugar
aún por llenar .

Me gusta, ¿sabes?,
me gusta pensarte
cuando no estás.
Y cuando estás...
me gusta besarte,
tocarte y sentirte.
¡Ay!, sí, cuando tú estás.

17 de enero de 2007

Conversando contigo.


Dedicado a ti, el que siempre está.

Cuando mi inquietud se desborda y
la sinrazón inunda mi pensamiento,
tú estás ahí,
mirándome
desde la permanente paciencia,
desde la confianza extrema,
desde la calma infinita.

Cuando mi pensamiento está absorto y
apenas te escucho,
o te hablo...
te haces casi invisible,
formas parte del mobiliario
para no interrumpirme,
para no alterarme.

Y así permaneces por minutos,
por horas,
hasta que,
de alguna forma logras,
siempre suavemente,
que vuelva a ti,
que me resguarde en tu pecho,
que esboce una sonrisa,
que solicite un abrazo o
una caricia en las manos.

¿Sabes? A veces me sorprendo de lo silencioso que puedes llegar a ser, de lo poco que necesitas mis continuas palabras o mis largas explicaciones y me pregunto cómo es que lo aguantas.
Por no hablar de mi desenfreno verborreico cuando presupongo más de lo que debiera y me embalo y te lanzo reproches injustificados. Entonces tú, impertérrito, me miras. Y en tu mirada no hay nada que delate que me estoy equivocando, que no hay lugar para el reproche. Tampoco dices nada, me dejas en mi desahogo. Después, al rato, me cuentas algo y del modo más natural, comentas algo que echa por tierra todos las palabras que mi ira te echó encima. Y, en ese momento, no sé dónde meterme, en qué recóndito lugar podría caber toda mi estupidez para que, al menos, no saliese a la luz en una buena temporada.
Y cuando estoy preocupada, distraes mi atención hacia ti, me coges la mano a la vez que me miras con una cálida sonrisa y sacudes mi mano para hacerme volver al instante actual... Y lo consigues, así, suavemente, sin discusiones, sin malas caras, con dulzura, con amor.

Y es así como se confirma mi presentimiento de que en ti hallé un puerto, un puerto natural, la fina y blanca arena de la inmensa playa de tu ser que acogió dulcemente mi vagar de olas, mi búsqueda solitaria hasta recalar en ti...

Y así, envuelta en tu arena
mudo,
cual caracola que mecen las aguas,
de mi inquietud
a tu serenidad
siguiendo el mismo vaivén
de las mareas de nuestro mar.

15 de enero de 2007

Silencio.


Guardad silencio.
Escuchad su sonido,
es diferente,
es reconfortante,
permite escuchar vuestro interior.

Guardad silencio.
Por todo aquello que habéis
dicho de más cuando no queríais.
Por todas las veces que,
sin querelo, vuestras palabras han herido.
Por todos los secretos
que alguna vez os han confiado.

Guardad silencio
siempre que deseéis hablarme,
cuando la tristeza inunde vuestros ojos,
cuando el dolor se apodere de vuestro cuerpo
y creáis que el aire no llega a vuestros pulmones.

Guardad silencio y pensad,
pensad bien lo que queréis decir.
Será entonces,
tras vuestro meditado silencio,
que yo,
atenta, dispuesta,
preparada...
os escucharé.

2 de enero de 2007

Creencias.


Creí en ti.
Una vez creí en ti.

Te imaginé
con más amor.
Creí ver
comprensión.
Te sentí
cerca,
pareja a mí.

Me equivoqué.
Ya ves,
todo se puede
confundir:
el cielo
con el mar,
la disculpa
con la sinceridad,
el sueño
con la realidad,
el dolor
con gozar,
la risa
con las ganas de llorar,
la calma
con la tempestad,
compartir
con acaparar...

Creí en ti.
Una vez creí en ti.

¡Cuánto se puede equivocar!
Mas todo pasa.
Tú también pasarás.
Entre presencia
y ausencia,
siempre cabrá
el soñar.

Creí en ti.
Una vez creí en ti.

En el tiempo,
en la distancia,
a través del pensamiento,
por encima de las nieblas,
guardaré la sospecha en mi creencia de ti.