17 de enero de 2007

Conversando contigo.


Dedicado a ti, el que siempre está.

Cuando mi inquietud se desborda y
la sinrazón inunda mi pensamiento,
tú estás ahí,
mirándome
desde la permanente paciencia,
desde la confianza extrema,
desde la calma infinita.

Cuando mi pensamiento está absorto y
apenas te escucho,
o te hablo...
te haces casi invisible,
formas parte del mobiliario
para no interrumpirme,
para no alterarme.

Y así permaneces por minutos,
por horas,
hasta que,
de alguna forma logras,
siempre suavemente,
que vuelva a ti,
que me resguarde en tu pecho,
que esboce una sonrisa,
que solicite un abrazo o
una caricia en las manos.

¿Sabes? A veces me sorprendo de lo silencioso que puedes llegar a ser, de lo poco que necesitas mis continuas palabras o mis largas explicaciones y me pregunto cómo es que lo aguantas.
Por no hablar de mi desenfreno verborreico cuando presupongo más de lo que debiera y me embalo y te lanzo reproches injustificados. Entonces tú, impertérrito, me miras. Y en tu mirada no hay nada que delate que me estoy equivocando, que no hay lugar para el reproche. Tampoco dices nada, me dejas en mi desahogo. Después, al rato, me cuentas algo y del modo más natural, comentas algo que echa por tierra todos las palabras que mi ira te echó encima. Y, en ese momento, no sé dónde meterme, en qué recóndito lugar podría caber toda mi estupidez para que, al menos, no saliese a la luz en una buena temporada.
Y cuando estoy preocupada, distraes mi atención hacia ti, me coges la mano a la vez que me miras con una cálida sonrisa y sacudes mi mano para hacerme volver al instante actual... Y lo consigues, así, suavemente, sin discusiones, sin malas caras, con dulzura, con amor.

Y es así como se confirma mi presentimiento de que en ti hallé un puerto, un puerto natural, la fina y blanca arena de la inmensa playa de tu ser que acogió dulcemente mi vagar de olas, mi búsqueda solitaria hasta recalar en ti...

Y así, envuelta en tu arena
mudo,
cual caracola que mecen las aguas,
de mi inquietud
a tu serenidad
siguiendo el mismo vaivén
de las mareas de nuestro mar.

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