18 de julio de 2006

Recuerdos en memoria de...






Regresaba a casa. A medio camino desvió su coche de la carretera principal y tomó otra que conducía hacia una aldea por la que pasaba todos los días hacía años, cuando iba a su trabajo y que, ahora, sólo daba acceso a la aldea. Deseaba volver a ver el valle, los castaños que abundan en él y todas tierras trabajadas que se divisan desde ella. Descendió del coche y... un olor muy familiar llegó a su nariz, subió por las fosas nasales y, rápidamente, estimuló aquel pequeño rincón en el que se alojaban los recuerdos de su infancia. Dejó que se impregnase bien, que casi ocupase toda la masa cerebral; todos sus sentidos estaban en otro lugar, en otra aldea, en la aldea querida, en la aldea que le había dado la oportunidad de aprender otros modos de vivir, otras formas de mirar, otras maneras de sentir, de oler, de hablar...

¡Cuántos momentos agradables conservaba aún su cerebro relacionados con ella! Ese olor actual había cedido paso a aquel olor que la hacía sentirse en el mejor de los mundos, en el hogar, en la tranquilidad, en la naturaleza, al lado de todo lo vivo, de la hierba recién cortada, de las mazorcas de maíz, del revoloteo caprichoso de las mariposas, del vuelo de los pájaros, del olor de las manzanas de San Juan, de las peras de manteca que reservaba el abuelo celosa y cuidadosamente en el hórreo hasta su llegada, de los melocotones robados, del sabor de las nueces verdes que le tiznaban los dedos, la lengua, los labios..., y que también robaban a algún vecino, de las sabrosas y refrescantes cerezas que su primo tiraba desde el enorme cerezo situado frente a la ventana de la cocina y que ella recogía en su pequeño mandil ansiosamente mientras la ilusión de su sabor llenaba su boca de agua premonizando el apreciado jugo de su fruta preferida.

Se preguntó qué había ido a buscar allí. Tenía un motivo actual, justificable, quería tomar unas fotos del valle, de los árboles; pero no era el único, antes de este había otros antiguos que estaban esperando la llegada del actual. Deseaba volver a aquella carretera relegada a tercera categoría, deseaba recordar momentos en los que su recorrido fue agradable, placentero, momentos en los que el cielo tenía todas las tonalidades posibles, en los que los verdes del paisaje se presentaban en toda la gama, en los que las distintas estaciones iban cambiando su aspecto, sus colores, sus formas, sus luces, sus brillos...

Había vuelto porque necesitaba tener una vez más, sentir otra vez, la compañía de quien tantas veces había recorrido el mismo trayecto. Ella nunca más lo haría, no había posibilidad. Para ella se habían cerrado todas las carreteras, principales y secundarias; todas las luces, las tenues y las deslumbradoras; todos los verdes del paisajes y todos los azules de las montañas; todas las tonalidades del cielo y hasta el murmullo del agua.

Había vuelto porque se lo debía a ella, porque era uno de los lugares por los que no había pasado desde que no estaba, el único que faltaba en aquella especie de peregrinación meditada que había hecho tras su falta por los lugares comunes y más queridos por ella. Porque también le gustaban aquellos hermosos árboles, aquel valle, aquel recorrido.

Ya hacía seis años que ella no estaba. ¿Por qué precisamente ahora había sentido la necesidad de ir allí?... Difícil saber. Difícil entender.

Sólo supo sentir. Sintió aquel olor que trajo a la memoria todas las escenas infantiles que recordaba con más cariño, con más ternura, con más tranquilidad...

Sólo supo sentir. La paz y alegría que sentía en la aldea de la infancia se unía a aquellos momentos vividos con ella en aquel lugar.

Dos lágrimas descendienron por sus mejillas. Pero no había dolor. Ya no. Podía entristecerse con el recuerdo, pero ya no le dolía como antes. Ya no.

Miró a su alrededor y dejó que todos los verdes, todos los azules, todos los amarillos y todos los marrones entraran en su mirada para transmitírselos, en señal de último duelo, a ella.
Todos, hoy, eran para ella, sólo para ella.


Se despidió, le dio su último adiós sabiendo que siempre tendría un rincón en su memoria, para ella, para su amiga y compañera.

6 comentarios:

  1. En tercera persona: como Julio César.

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  2. jo. No se que me pasa, que cuando escribes así yo me quedo sin palabras. Aunque se que a ti te enfada.

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  3. No debí leer esto hoy... se me han saltado las lágrimas, de verdad... o yo estoy muy sensible, o tú eres la leche... las dos cosas valen.
    Precioso y ... precioso.

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  4. Enjoyed a lot! »

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  5. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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