7 de febrero de 2007

Rompiendo silencios.

Si vienes y no estoy...es que no coincidimos

Volvió.
Otra ráfaga
rozó su rostro,
otro insulto
penetró en su
oído.

La rabia,
la poderosa rabia
inundaba su mente
su tensa musculatura,
cada gota
de su sangre,
las chispas
de sus encendidos ojos,
la sudoración
fría
que asomaba
a su frente,
a sus manos,
a sus axilas,
esas gotas de sudor rabioso
que resbalaban ya
por sus mejillas...

No pudo.
Gritó.
Quiso evitar
el golpe.
Pero no pudo.

La bofetada
se quedó.
Se quedó clavada
en la concavidad
de su ojo.

¡dios, se saldrá!,
Se agita,
pulsea,
late como el corazón,
se saldrá de la cavidad...
¡Me va a estallar! -pensó.

Pero no,
no salieron lágrimas,
no iba a darle ese gusto.
Toda su rabia para él,
absolutamente toda
la rabia era suya.

No entendía por qué.
No habia un motivo.
No había una causa.
Tampoco una razón.
Ella no era culpable
de nada,
de nada de lo que allí ocurría.
La habían traído,
la habían llevado.
la habían manejado...
¿qué más querían de ella?
¿silencio?
¿obediencia ciega?


No. No habría silencio.
No quería más silencio
de la vida que llevaba.
Sólo quería paz,
la que allí no había,
la que nunca
le habían dado.
Sí, quería,
necesitaba paz,
pero no el silencio
de lo que le hizo.

Se encaminó,
como cada día,
hacia su centro escolar.
A veces iba, por ratos,
hasta otro lugar.
Por pasar el rato,
por distraerse,
por desahogar...
total,
¿qué iba a aprender allí?
¿acaso enseñan
cómo esquivar
los golpes?
¿cómo dejar de sufrir?
¿cómo acallar los gritos?

Sí, a veces,
se paraba o se iba
a otro lugar,
por distraerse,
por no pensar.
Los profes no lo entendían.
¿qué sabrán?
¿acaso les gritan...?
¿les dan golpes...?
¡Bah!, ¿qué sabrán?

Pero hoy no,
hoy no se iba
a ese otro lugar.
Hoy su silencio
se quiso desperezar.
Su mente habló,
Su boca pronunció.
El silencio se olvidó.
Y alguien
la escuchó.
Y después,
alguien más.
Preguntaban.
Contestaba.
No hubo silencio.
Hubo llamadas.
Conversaciones.
Explicaciones.
No hubo silencio.
Hubo advertencias,
serias advertencias.

Respiró.
No estaba sola.
A pesar de todo.
No estaba sola.

4 de febrero de 2007

Agradecimiento.



Ya pasó. Mi susto sobre mi estado de salud, pasó. Y digo susto porque nunca creí que tuviese exactamente lo que casi me habían diagnosticado, creí tener algo peor y con mucho menos remedio. Pero mira tú por donde, este susto trae un montón de cosas buenas.
Para empezar, la cantidad de personas que han estado pendientes de la realización de las pruebas, de saber cómo estaba, de si necesitaba algo. Seguimos con la que me hace la compra, me trae las cosas. La que sigue viniendo a limpiar. Continuamos con las llamadas telefónicas, los recados que fulano manda por mengana, los mensajes, los correos... A continuación llega la sorpresa cuando alguien se salta a la torera el protocolo pertinente y se presenta en mi casa para comer conmigo ¿...?
Y claro, de repente una es consciente de la preocupación que su estado de salud ocasiona en los demás. Y cuando esto ocurre es porque sienten algo por esa persona. Y pienso, no les debo dinero a ninguno de ellos, así es que su preocupación no es porque la palme y no puedan cobrar las deudas. Aspecto económico descartado. Tampoco porque no se encuentre otra persona que haga mi trabajo, las hay a miles. Será, entonces, que, cada uno a su manera, me aprecian y me quieren. Y resulta que meto gol. ¡Qué creída! - diréis. Pues no, hay gente que me quiere mucho más de lo que yo creía. Una de ellas hasta me lo ha confesado públicamente en su blog y... claro, esto no me lo esperaba ni de lejos. Tamaña confesión hecha por una persona aconfesional, tiene mucho mérito, si a esto se le añade que no suele expresar estos sentimientos en persona nunca, pues doble o triple mérito. ¡Jolines, que me ha emocionado una barbaridad!
Y bueno, qué deciros a
tod@s, que muchísimas gracias por estar pendiente de mí, por haber formado parte de vuestro pensamiento en unos instantes de vuestro cotidiano quehacer, por animarme y, por supuesto, por quererme. Que el lunes ya estoy de nuevo despotricando contra algo o contra alguien, con las prisas en las maneras y, supongo, con una buena sonrisa para empezar muy bien la semana tras este paréntesis preventivo.
Y gracias a ti, la que quiere sin voz, por tener la valentía de escribirlo y los ov.... para reconocerlo.
Desde mi rincón: gracias por estar y ser, sin su existencia yo no sería. Y, ahora que lo pienso, me gusta esto de ser sabiendo que sin el ser ajeno no tendría sentido. Ser sólo para uno no colmaría ni uno solo de los sentidos... ¿a quién le contaríamos lo visto, lo escuchado, lo palpado, lo olido o lo saboreado? En mi existencia están
l@s otr@s, no la quiero sin ell@s.

19 de enero de 2007

Llevándote.


Me gusta pensarte
cuando no estás
a mi lado
porque así te
llevo en mi mente
y ahí te miro
largamente.

Te hablo bajito
y te sonrío
cuando no estás,
te cuento lo que pienso
y lo que veo,
l os sentimientos
que se agolpan
en mi interior
y hasta las contradicciones
que me dictan
mente y corazón.

Me gusta llevarte
cuando no estás,
a mi paso y a mi ritmo
para acelerar el tiempo
que nos separa
y acortar esa distancia
con puente levadizo
que cruza nuestras vidas.

Te veo en la blanca luna
creciente que asoma
apenas
su resplandor
en la noche,
y en la luna llena
cuando altanera se convierte
en la gran dama de la oscuridad,
en guía del caminante
y en sueño de amante.

Me gusta imaginarte
cuando no estás,
rozar con mi mirada
suavemente, tu sonrisa.
Me gusta soñarte
cuando no estás
para olvidar que a mi lado
hay un lugar
aún por llenar .

Me gusta, ¿sabes?,
me gusta pensarte
cuando no estás.
Y cuando estás...
me gusta besarte,
tocarte y sentirte.
¡Ay!, sí, cuando tú estás.

17 de enero de 2007

Conversando contigo.


Dedicado a ti, el que siempre está.

Cuando mi inquietud se desborda y
la sinrazón inunda mi pensamiento,
tú estás ahí,
mirándome
desde la permanente paciencia,
desde la confianza extrema,
desde la calma infinita.

Cuando mi pensamiento está absorto y
apenas te escucho,
o te hablo...
te haces casi invisible,
formas parte del mobiliario
para no interrumpirme,
para no alterarme.

Y así permaneces por minutos,
por horas,
hasta que,
de alguna forma logras,
siempre suavemente,
que vuelva a ti,
que me resguarde en tu pecho,
que esboce una sonrisa,
que solicite un abrazo o
una caricia en las manos.

¿Sabes? A veces me sorprendo de lo silencioso que puedes llegar a ser, de lo poco que necesitas mis continuas palabras o mis largas explicaciones y me pregunto cómo es que lo aguantas.
Por no hablar de mi desenfreno verborreico cuando presupongo más de lo que debiera y me embalo y te lanzo reproches injustificados. Entonces tú, impertérrito, me miras. Y en tu mirada no hay nada que delate que me estoy equivocando, que no hay lugar para el reproche. Tampoco dices nada, me dejas en mi desahogo. Después, al rato, me cuentas algo y del modo más natural, comentas algo que echa por tierra todos las palabras que mi ira te echó encima. Y, en ese momento, no sé dónde meterme, en qué recóndito lugar podría caber toda mi estupidez para que, al menos, no saliese a la luz en una buena temporada.
Y cuando estoy preocupada, distraes mi atención hacia ti, me coges la mano a la vez que me miras con una cálida sonrisa y sacudes mi mano para hacerme volver al instante actual... Y lo consigues, así, suavemente, sin discusiones, sin malas caras, con dulzura, con amor.

Y es así como se confirma mi presentimiento de que en ti hallé un puerto, un puerto natural, la fina y blanca arena de la inmensa playa de tu ser que acogió dulcemente mi vagar de olas, mi búsqueda solitaria hasta recalar en ti...

Y así, envuelta en tu arena
mudo,
cual caracola que mecen las aguas,
de mi inquietud
a tu serenidad
siguiendo el mismo vaivén
de las mareas de nuestro mar.

15 de enero de 2007

Silencio.


Guardad silencio.
Escuchad su sonido,
es diferente,
es reconfortante,
permite escuchar vuestro interior.

Guardad silencio.
Por todo aquello que habéis
dicho de más cuando no queríais.
Por todas las veces que,
sin querelo, vuestras palabras han herido.
Por todos los secretos
que alguna vez os han confiado.

Guardad silencio
siempre que deseéis hablarme,
cuando la tristeza inunde vuestros ojos,
cuando el dolor se apodere de vuestro cuerpo
y creáis que el aire no llega a vuestros pulmones.

Guardad silencio y pensad,
pensad bien lo que queréis decir.
Será entonces,
tras vuestro meditado silencio,
que yo,
atenta, dispuesta,
preparada...
os escucharé.

2 de enero de 2007

Creencias.


Creí en ti.
Una vez creí en ti.

Te imaginé
con más amor.
Creí ver
comprensión.
Te sentí
cerca,
pareja a mí.

Me equivoqué.
Ya ves,
todo se puede
confundir:
el cielo
con el mar,
la disculpa
con la sinceridad,
el sueño
con la realidad,
el dolor
con gozar,
la risa
con las ganas de llorar,
la calma
con la tempestad,
compartir
con acaparar...

Creí en ti.
Una vez creí en ti.

¡Cuánto se puede equivocar!
Mas todo pasa.
Tú también pasarás.
Entre presencia
y ausencia,
siempre cabrá
el soñar.

Creí en ti.
Una vez creí en ti.

En el tiempo,
en la distancia,
a través del pensamiento,
por encima de las nieblas,
guardaré la sospecha en mi creencia de ti.

21 de noviembre de 2006

Violencia de género.












Hace poco leí un post que hablaba de unos días de vacaciones disfrutados plenamente, con buena compañía, buena comida, buenos vinos, al lado del mar... De esas vacaciones que sólo una persona con mucha madurez mental, cierta madurez por edad, mucha experiencia vivida, un gran bagaje cultural y un mucho de sensibilidad pueden realmente gozar de forma especial. Lo cierto es que, leyéndolo, mi imaginación podía casi hacer diapositivas de los momentos que vivió y de cómo los disfrutó; como cuando leo un libro que me permite volar con letras mayúsculas.                                                                                                    Foto sacada de Internet.


Pero hubo dos cosas que enturbiaron sus vacaciones. Una de ellas fue una escena que presenció el día anterior a finalizarlas por parte de un individuo que también se alojaba en el mismo hotel con su mujer y dos hijos de muy corta edad. Al parecer, estaban en un paso de cebra para cruzar y su mujer cruzó en un
momento en que no había coches. El individuo, que "llevaba" la silla con el menor de los niños (para que nos fiemos de los que empujan las sillitas porque atienden también a los hijos), estaba distraído y no cruzó. Al percatarse de que su mujer sí lo había hecho, comenzó a vociferar que qué hacía allí, que volviese inmediatamente, que ella no iba a ningún sitio si él no lo decía...
La mujer quedó paralizada, no sabía qué hacer, ya estaban siendo objeto de todas las miradas. Pero la cosa no quedó ahí. El energúmeno, no contento con las voces y las órdenes, dejó ir la silla del niño hasta la calzada, la abandonó, y cruzó hecho una furia, con una cara que daba pánico, hacia donde estaba su mujer, que seguía inmóvil y muda.

El autor del post y testigo del evento, más una señora que llevaba una muleta, en previsión de lo que con toda seguridad iba a sucecer a continuación, se abalanzarón rápidamente hacia el "atacante" y le pararon los pies, creo que, sobre todo las manos. No precisa exactamente cómo, pero las palabras "par de hostias" aparece escrita como lo primero que se le vino a la mente.
El "lindo maridito" no durmió esa noche en el hotel.
Explica el autor, además, que él tuvo que practicar la violencia por profesión y sabe bien qué es, pero que no puede soportar, que se pone loco con la violencia sobre l@s débiles y l@s indefens@s.
Para ser fiel a lo que dice, transcribo textualmente sus palabras, por sí solas dicen y explican más de lo que yo pueda decir; además de hacerme reflexionar sobre su contenido; éstas son:
"Sólo quien ha catado la violencia siente el odio que envuelve. Con ella no valen filosofías ni razones. Hay que vivirla para sentirla. No puede contarse".
(El blog en el que aparece el post titulado como Mediterráneo es: http://www.lamontalbana.blogspot.com, no sé si ya se ubica el enlace desde aquí, no sé cómo se hacen esas cosas, disculpad.)

Y, os diréis, a qué viene esta historia. Pues es sencillo, a que estamos en la semana dedicada a la "Violencia de género". A que hay que trabajar mucho para evitar su existencia, sea o no la semana dedicada al tema. A que cada día se constatan más casos en los que ésta se produce. A que violencia es un término amplísimo que a veces no somos capaces de dimensionar con exactitud. Que no es sólo violencia una bofetada. Que frases como la pronunciada por el energúmeno al caso "no puedes ir a ningún sitio sin que yo te lo diga" implican violencia, autoritarismo, abuso, poder... y un largo etcétera que tenemos que eliminar.

Hay una cosa que sí sé sobre la violencia: que la ejerce quien tiene poder y que produce un miedo terrible, anulador, aniquilador de toda voluntad y de todo raciocinio por parte de quien la recibe o sobre quien se ejecuta.

Posturas, intervenciones, opiniones como las de autor del post al que me he referido, hacen que podamos ser optimistas para que el futuro sea más esperanzador ante las denuncias, apoyos, protección y medios para las víctimas de la violencia. Pero, principalmente, para ser conscientes de que es un problema que nos atañe a tod@s y sobre el que podemos aportar nuestro pequeño grano de arena de muchas maneras diferentes, hablándolo, coeducando, posicionando, exigiendo a las autoridades una intervención, defendiendo y, por supuesto y sobre todo, CONDENÁNDOLA.

17 de noviembre de 2006

RETOMANDO.


Retomo la tecla tras más de un mes en silencio. No ha sido del todo voluntario, pero sí largo de explicar. Como suelo excederme en explicaciones, sintetizo: ocupaciones varias, divagaciones y problemas con la cuenta de blogger.
Así pues, tras echar de menos este familiar tecleo en momentos nocturnos, vuelvo con los que queráis participar del resultado.

Esta semana el cielo se ha obscurecido, el otoño reclama su tiempo y parece que se ha instalado definitivamente. Casi nos habíamos acostumbrado a prescindir de su presencia.

Nos gustaba la presencia del rey Sol en el despertar de la mañana, su calor bondadoso en el mediodía y su sutil desvanecerse en el atardecer temprano... Los atardeceres se mostraban maravillosos, inflados de rosas y naranjas y azules desvaídos, casi entretejidos a jirones en la escasas nubes coloreadas. Calma. Sosiego. Casi ternura. Belleza absoluta...

Las plantas continuaron creciendo. Los arbustos se negaron a despojarse de las pequeñas flores que los cubren. Los árboles no cambiaron de color, no permitieron que sus hojas cubriesen cual manto vegetal la superficie del campo, del cemento y del asfalto de las ciudades y pueblos. La savia corría incesante por su interior haciendo caso omiso del calendario.

Los colores. Esos fascinantes marrones, los sugerentes amarillos, los atrevidos naranjados, los brillantes dorados... Faltaban.
Quizá también nos faltase la melancolía que los acompaña. Quizás estemos extraños sin ella.
Quizás...
Otros, en cambio, estaban encantados de este supuestamente ventajoso, para nosotros los del norte, cambio climático.

A mí, personalmente, me encanta tener un poco más de temperatura, que no llueva tantos días, que el verano se prolongue; pero me preocupa.
Leo las predicciones futuristas que hacen los científicos al respecto y, sólo de pensarlo, me entran ganas de llorar: que si kilómetros y kilómetros de costa se inundarán y desaparecerán, que si el verde de campos y praderas se tornará amarillo cual paisaje castellano viejo...
¿Qué decir? Me preocupa.

Y el caso es que no quiero preocuparme con antelación, ni gratuitamente, bastante tengo ya con las preocupaciones del día a día. Pero está claro que hay otro tema a mayores sobre el que ponernos en aviso. ¿Medidas a tomar? ¿Acuerdos? No sé si tomaremos esto en serio. ¡Hay tantas cosas que deberíamos tomar en serio y atajarlas antes de que sean incontrolables!

Sea como fuere, el caso es que no me gustaría presenciar cómo desaparecen los bosques, los campos, muchas especies animales... En definitiva, cómo sembramos la desolación, aunque ejemplos de cómo se hace hay para dar y tomar.

Cierto es que el tema preocupa a muchos, supongo que a alguna de vuesas mercedes también.

Y, ¿saben que les digo?, que por hoy no voy a preocuparme más de este asunto. Creo que voy a buscarme otro, que hay donde escoger. Perdonen la ligereza, es que estoy "desentrená" ya de escribir y tengo que retomarlo poco a poco, bebiéndolo a sorbos pequeños, como dicen los entendidos , que hay que beber el buen vino, dándole unas cuantas vueltas en el paladar y dejando que inunde todos nuestros sentidos, hasta que nos empapen sus aromas, su sabor, su textura, su cuerpo...

Pues eso, que vuesas mercedes lo paladeen bien, lo disfruten y encuentren un buen lugar donde descorcharlo en compañía y buscar posibles actitudes que ayuden no seguir con este ritmo desolador.

Buenas noches y buen provecho.

8 de octubre de 2006

Luís, el de los pirulís.





¿Nunca habéis sentido curiosidad por alguna persona que hayáis conocido en la infancia, de la que no tenéis referencias suficientes para saber quíen era y a qué se dedicaba? Yo sí. Una de ellas, quizá la que más me intrigó siempre y a la que he recordado muchas veces a lo largo de mi vida era un hombre. Así recuerdo mi relación con él...


El barrio en el que nací era céntrico, al lado del mar. Desde mi casa no se veía, pero tan sólo había que bajar una cuesta y allí estaba, furioso en invierno, gris ceniciento las más de las veces, verdoso y revuelto en otras, azul y espumante en verano. Puede que ese su olor, que me acompañó al nacer, me haga necesitarlo y admirarlo, no puedo estar mucho tiempo sin verlo.

Como iba diciendo, el barrio era céntrico, pero no era de ricos, ni siquiera de gente "bien". Era un barrio populoso para la época, de calles estrechas y casas de dos o tres plantas, con bajos habitables. Sus moradores pertenecían a todo tipo de clase social, menos a la de los ricachones, claro. Te podías encontrar a gitanos trashumantes que pernoctaban en una pensioncita muy asequible que había en mi calle, a trabajadors de la hostelería, dependientes, contables, militares de baja graduación, costureras, modistas, catequistas de procedencia varia y familias muy humildes con una prole numerosísima que dormían a razón de cuatro, cinco o seis por habitación.
Siempre me gustó ese barrio. Me encontraba muy a gusto en él, aprendía muchas cosas de mi educación callejera, que no descuidada, en la que tenía contacto con gente de todo tipo. Claro que en la época, tiempos de Maricastaña como decíamos, lo habitual era que estuviésemos horas y horas en la calle, jugando y explorándonos y entablando amistades desde el primer día.


Así fueron los inicios de mi vida, en el seno de una familia con visos de ir para numerosa (yo era la tercera con cuatro años y la cigüeña traía otro en camino), y con unas vivencias de que el mundo está compuesto por una variedad inmensa de personas de toda clase. Pienso que fueron estos inicios lo que marcaron mis ideas respecto a la educación que más tarde quise dar a mis hijos, es decir, que se criaran en contacto con la gente de procedencia variada según el lugar donde estuviésemos, con la gente sin más.



La merienda de un niño o niña de la época era, normalmente, el bocadillo de mortadela, de salchichón, de jamón cocido o similar (cuando el fiambre sabía a fiambre de verdad y no a fosfatos como ahora), el pan con mantequilla y azúcar o bien el pan con chocolate; pero todo ello era engullido en la calle. Se llegaba de la escuela y se subía a casa a por la merienda. Rápidamente se bajaba a la calle para merendar en compañía de todos mientras se jugaba, se pintaba con tizas en la calzada, o se daban patadas a una lata de algo ( a veces no se tenían balones o pelotas a mano).



Como es de suponer, no había ni la cantidad ni la facilidad de hoy en día para comer las actualmente llamadas "chuches" , golosinas; con lo cual tener caramelos, chicles, pipas, chufas, era algo especial, no se comían a todas horas ni todos los días. Si nos portábamos bien, si hacíamos los recados, si alguien de la familia iba de viaje, podías tener alguno de estos placeres que llevarte a la boca. Pero los niños y niñas de mi calle, éramos afortunados. Todos los domingos disfrutábamos de una golosina muy especial. Todos sin excepción, tuviéramos un apellido u otro, fuéramos de padre conocido o desconocido, gitanos o payos, hijos de militar o de dependientes, todos.



No, no es que todos los padres se hubiesen puesto de acuerdo para comprarnos el domingo una golosina. No, no era eso. Simplemente venía Luis.
¿Que quién era Luis? Pues..., Luis era un señor. Ignoro si con mayúscula por categoría social, cosa que dudo, pero desde luego si por categoría humana.
Luis era un señor bajito, de edad madura, tendría unos cincuenta y tantos largo, rozando los sesenta quizás, delgado, poquita cosa en lo que a la apariencia física se refiere. Vestía siempre, era domingo, un traje gris; siempre el mismo: chaqueta larga que casi le llegaba a las rodillas y pantalón flojo y tirando a largo a juzgar por como se le plegaba sobre los negros y bien lustrados zapatos a juego con su corbata. Su escaso pelo blanqueaba, pero no era totalmente blanco. En la cabeza llevaba siempre un boina negra y en la manga de su chaqueta una banda de tela de color negro, símbolo de luto en aquel entonces. Su rostro era afable, cariñoso, las arrugas se marcaban en su cara sin dañarla, dándole un aspecto de bondad y de vivencias, pero sin agriarlo; más bien al contrario, le conferían un aspecto de abuelo bonachón al que todos querian.

Luis venía todos los domingos después de misa. Se ponía en el principio de la calle, en medio y medio de la calzada y esperaba, con los bolsillos repletos, a que los niños fuésemos llegando a darle un beso a cambio de un pirulí. Sí, sí, de un pirulí de caramelo, quizás el caramelo más habitual y más delicioso. Como su nombre indica era un pirulí, un cono de tamaño considerable, de sabores diferentes, que duraba mucho tiempo, chupabas y chupabas y el pirulí se iba desgastanto lentamente, haciendo que el placer se demorase por espacio de más de una hora. Muchas veces no se terminaba de una atacada. Te cansabas de chupar, lo volvías a envolver en el papel celofán transparente en el que venía envuelto y lo guardabas para seguir más tarde o para el día siguiente.

La de Luis era una cita obligada. No faltaba nunca. La nuestra también, no faltábamos nunca. Corríamos al salir de misa para llegar a tiempo de besar a Luis y coger nuestro pirulí. Eso sí, no nos dejaba escoger. Teníamos que conformarnos con el sabor que nos tocase según los iba sacando del bolsillo.

No es que a mí, por aquel entonces, me preocupase la procedencia de "Luis el de los pirulís", pues ese era el apellido que le habíamos adjudicado ignorando por completo el suyo propio del que nunca tuvimos noticia ni por el que nunca preguntamos. Si sé que las madres no desconfiaban de Luis, nos dejaban con toda tranquilidad ir a su encuentro mientras ellas contemplaban la escena dominguera desde las ventanas o desde los portales de las casas. De las conversaciones del momento deduzco que tampoco sabían nada de su vida, ni siquiera dónde vivía. No era del barrio. Pero Luis era de confianza. No como otros que visitaban la barriada de vez en cuando con otras pretensiones menos honestas y más lujuriosas y que tenían puestos de importancia en los cuerpos de seguridad...

Poco antes de irme del barrio, Luis dejó de venir. No sabíamos por qué. Preguntamos. Las madres no sabían. Suponían que estaba enfermo y no había podido venir. ¡Dios, qué contratiempo! ¡Qué fastidio! Quedarse sin el pirulí del domingo era inpensable. Pero creo que no era sólo por el pirulí, era el saber que teníamos una cita casi ineludible, era un ritual, un intercambio en el que ambas partes repartían con ilusión y cariño, él la preciada golosina y nosotros el ósculo (beso de afecto) que quizá nadie le daba.


Después de dos domingos sin acudir, al fin volvió. Tenía aspecto demacrado. Había estado enfermo. Las madres se acercaron para hablar con él y decirle lo preocupados que estábamos todos al no saber de él. Agradeció el gesto y dijo que vendría siempre que estuviese bien. No recuerdo cuántos domingos pasaron, pero no muchos, Luis ya no vino más. Se fue corriendo la voz para indagar quién podría conocerlo y saber qué había sido de él. Alguíen tenía algún conocido que sabía el barrio dónde vivía.


Luis, por lo que captaron mis infantiles oídos, era viudo y creo que no tenía hijos. Enfermó. Luis no volvió nunca más. Ya no pudo hacerlo. Había cumplido su promesa, vino mientras estuvo bien.


Hoy pienso que no fue justo que Luis el de los pirulís se marchase así, tan solo, sin todos nuestros besos en sus últimos momentos. Deberían habernos llevado a su casa y dejarnos despedirnos de él...

Claro que en aquel momento sé que le pregunté a mi madre que qué iba a hacer Luis con todos los pirulís en el cielo, que era a donde me dijeron que se había ido, que a quién se los iba a dar... ¡No era cuestión de que los ángeles se pusieran morados de azúcar a su costa!

Nunca se me ha borrado la imagen de Luis. La he recordado muchas veces a lo largo de mi vida. Quise indagar sobre su persona pasados muchos años y le pregunté a mi madre, desgraciadamente su cabeza ya no era capaz de recordar y la figura de Luis se le quedó en el olvido, como más tarde haría con la suya propia. No tuve oportunidad de preguntar a nadie más que fuese adulto en aquel entonces porque casi todos los que le habían conocido que me tocaban en familia habían muerto ya y con el resto perdí contacto hace muchos años.
De cualquier modo, da igual. Probablemente la información que me aportasen no sería la que yo estaba buscando. Yo no quería saber quién era, sino qué le llevaba a tener esa deferencia hacia niños desconocidos en una época en que las necesidades eran muchas.


Luis sigue en mi memoria. En algún lugar leí una frase que decía que las personas siguen viviendo mientras alguien las recuerda. Pues bien, si es así, Luis sigue vivo porque yo lo recuerdo y lo veo muchas veces vestido de domingo, en medio de la calzada de mi calle, esperando las carreras infantiles hasta su persona, con una sonrisa afable, cariñosa, agradecida y alegre.


Es verdad, su cuerpo no está, la calle tampoco está ya, hace mucho que la transformaron, construyeron una barriada de altos edificios y calles más anchas, sólo queda un pequeño reducto de la época, una diminuta placita en la que hay una fuente que calmaba nuestra sed y en la que nos subíamos a jugar, a mojarnos, a llenar los cacharros para hacer comidas, a lavarnos las manos manchadas de tiza y de tierra.

Es verdad que no existen físicamente. Pero si existen en nuestra memoria, en la mía y en la de todos los que vivieron allí. Quedan los olores de la casas, de la gente, de las comidas, del mar. Las voces infantiles, las llamadas por las ventanas de las madres para que subiésemos ya para casa, las conversaciones de los adultos a media lengua en presencia de los críos, para que no nos enterásemos de las cosas que no podíamos saber. Queda, por supuesto, el cariño de Luis, ese que nadie nos puede arrebatar.

Y todavía sigue ahí, en medio de la calzada, con las piernas un poco separadas, esperando nuestra llegada e inclinando su pequeña figura para recibir el dominical ósculo infantil...


Va por ti, Luis. Recibe este ósculo semántico de la niña que guardo en mí.


26 de septiembre de 2006

Frondosidad en claroscuro














Envuelta en frondosidades
lejanas,
en alturas insospechadas,
en verdes impensables
que susurran su renovada existencia
con voces antiguas,
con savia extraída de la tierra profunda,
con vientos que sugieren vivencias
antiguas
y nuevas vivencias.

Altos que dominan valles profundos.
Valles que se extienden hasta el mar.
Tierras trabajadas.
Frutos sacados a fuerza de tesón.
Bancales que detienen la erosión.
Sacrificios humanos convertidos
en beneficio
que la naturaleza agradece.
Pequeñas miserias que llevarse
a la boca
que reconcilian al hombre
con su medio.

Ciclos que se repiten en herencia.
Cuidados que protegen la tierra.
Y allí,
en lo más alto,
tú, frondosidad,
en claroscuro,
sugiriendo claros,
pedazos de amaneceres,
o tal vez,
retazos de atardeceres.

Y tú, frondosidad,
calladamente,
acoges con tus sombras.

Y tú, frondosidad,
fabricas huecos por los que
traspasas
guiños de luz.

Sombras que proyectan
historias.
Luces que avivan
despertares.
Troncos poderosos
que abrazan la esperanza,
el renacer de un olvido
que se perdió entre las ramas.
Verdes que acompañan soledades.
Murmullos de hojas al viento
que acompañan pensamientos
solitarios.

Y tú, frondosidad boscosa...
me traes otros tiempos,
me envuelves en tus sombras,
me acoges en tus ramas,
para darme luz en tus huecos
y reavivar profundidades olvidadas...

¡Cuánta vida derrochas
en todos los huecos de tu viejas miradas...!

¿Y tú, frondosidad en claroscuro,
reconoces mi mirada

21 de septiembre de 2006


Me siento rara estos días, me bullen varias preocupaciones en el corazón, algunas otras en la cabeza, quizá sean estas últimas las menos importantes para mí, o, al menos, las que no me duelen tanto. Son las del corazón las que llevan un lastre más pesado, permanente, constante, insistente, casi insustituible por ningún otro; lastre que no permite la sustitución, ni la erradicación, ni tan siquiera un atisbo de olvido...; cuando parece que te dan un pequeño respiro, que has conseguido evadirlo por breves instantes... ¡zas!, te los encuentras en el recodo de una vena, agazapado como un coágulo que no te permite la necesaria fluidez de la sangre para que se oxigene el pensamiento y se calme el dolor.
¡Qué dificil es no preocupar al corazón cuando se ha parido, real o simbólicamente! ¡Cuánta dificultad para abrirse camino! ¡Cuán sinuoso puede llegar a ser éste cuando lo tomamos inseguros, dubitativos...!
¿No habéis notado que grises se vuelven elos días a nuestra mirada cuando la preocupación nos embarga? Cualquier cielo nos parece triste, taciturno, incluso amenazante y hostil, como si las nubes cercanas al horizonte fuesen a emprenderla con nuestro físico y no envolviesen sin dejar un mínimo de claridad para saber donde pisamos, ni por donde vamos, ni hacia dónde.
Hay un refrán que dice: "Nunca llovió que no escampara". Pues eso, que espero que escampe, poco a poco, paulatinamente, sosegadamente, razonando y actuando con prudencia, con cariño, con tacto, con amor; sobre todo eso, con mucho amor, para que las decisiones sean menos dolorosas, menos drásticas y huidizas; para que sean un poco más reflexionadas y acertadas, aunque difíciles.

9 de septiembre de 2006

Miradas ilegales, pobladores de la Tierra.


Nos habíamos levantado muy temprano aquel día porque la excursión que íbamos a hacer a otra isla requería trasladarse al sur y coger el ferry. Cuando llegamos al puerto de Los Cristianos, la mañana empezaba a despuntar. Mientras esperábamos la llegada del ferry fuimos a tomar un café y un bocadillo.

El sol empezaba a mostrarse en toda su plenitud, se presagiaba un día caluroso, los rayos solares proyectaban reflejos plateados sobre la superficie del agua. Subimos a la terraza de la cafetería porque así veríamos la entrada del ferry y la maniobra de atraque. La visita a La Gomera me tenía expectante, no sabía lo que me iba a encontrar, pero tenía una especie de intuición de que lo que iba a contemplar me gustaría.

Y estas estaba yo, tranquilamente, dando mordiscos a mi bocata, cuando de repente veo que aparecen varias personas con cámaras de fotos profesionales, una cámara de televisión...; al principio no se me ocurre qué pueda pasar, lo primero en lo que pensé fue en la llegada de algún famosillo de turno en un yate. ¡Bah! No le doy más importancia. Pero la gente sigue mirando. La acción de los reporteros duró escasamente un par de minutos. Me levanto, miro hacia donde hacían las fotos y... se me empieza a atragantar el bocado que tenía a punto de pasar por la garganta. Intento pasarlo y nada..., ahì se queda, ni palante ni patrás. Todo el revuelo se debía a un hecho que ocurre diariamente desde hace demasiado tiempo. Una patera o cayuco, no sé muy bien cuál es la diferencia,cargado con un número indeterminado de posibles inmigrantes ilegales era remolcado por las autoridades españolas.

Se me heló la sangre, de verdad, no puedo explicar la rabia, impotencia e indignación que sentí como ser humano ante otros seres humanos que tienen los mismos derechos que yo a que ellos fuesen remolcados y llevados a un hospital de campaña que en el mismo puerto tienen habilitado para ellos, mientras yo me tomaba legalmente un bocadillo, pagaba legalmente el café que me había tomado, tenía mis papeles en regla y por supuesto, un trabajo que me permitía vivir sin tener que demostrar a nadie mi legalidad o no legalidad. No es que sus rostros fuesen desde allí más cercanos, (se ven mejor en la televisión), pero sí se hace patente la proximidad, el verlos ahí mismo, huyendo de las pésimas condiciones de vida de su país, buscando el pan que los alimente, abriendo su presente hacia un posible mañana, cerrando las puertas al país que les niega que algún tipo de mañana sea posible.

La tarde anterior había llegado otro cayuco a una playa cercana; llegaron exhaustos, vencidos, deshidratados. La gente que estaba en la playa les auxilió como pudieron, muchos eran turistas que estaban de vacaciones, como yo, como cualquiera que se permite un viajecito de una semana en el verano.

No sé cómo explicar lo que sentí en aquellos momentos

Mi respiración comenzó a hacerse dificultosa, rápida, el aire todavía fresco de la recién nacida mañana parecía no querer entrar en mis pulmones o parecía que éstos lo rechazaban sin más. No, no eran mis pulmones los culpables, tampoco lo era el aire de la mañana; eran mis nervios. Estaba claro que no controlaba esta situación. Ni la controlaba ni la podía controlar. Ni era totalmente mía ni me era ajena. Por un brevísimo momento casi quise escapar, alejarme del lugar, dar la vuelta, girar mi cuerpo y mirar hacia el otro lado del mar... Fue tan breve que sólo ahora soy consciente de él.

Y me quedé allí, en la misma posición, con el bocadillo entre mis manos, sólo en mis manos, como si gracias a él pudiese sostenerme en pie. Y no podía dejar de mirar. Y tampoco quería dejar de mirar. Era como si aquello tuviese que quedar grabado, bien grabado, marcado, como si le fuese imprescindible doler, quizás para no olvidar, para hacerse realmente presente, para llegar a mi punto más débil, para llegar, en directo, a mi corazón.

Y a pesar del bocado atragantado, del revolcón que todos mis óganos internos parecían estar haciendo a la vez, de las carreras desenfrenadas que las neuronas de mi cerebro habían comenzado a practicar para traerme a la memoria todas las ideas leídas o escuchadas en medios de comunicación, en autoridades políticas, en personas con cargos, en gente de a pie, en empresarios, en empleados temerosos de perder un posible puesto de trabajo ante una mano de obra más barata que la suya..., a pesar de todo ello, una parte de mi cerebro elaboraba nuevos pensamientos.

¿Por qué la situación con la inmigración ilegal ha llegado al punto en el que está? ¿Qué la hace tan diferente de la situación de emigración que la historia muy reciente de este país mío parece haber olvidado? ¿Qué han hecho los que no podían tener una vida digna en nuestro país hace 70, 60 , 50 ó 40 años? ¿Qué tipo de trabajos hicieron en los países europeos o americanos en que los acogieron? ¿Cuál fue la causa del mayor aporte de divisas de este país durante los años en que la mitad de los españoles estaba fuera de España?

Claro que no viajaban en cayucos, lo hacían en transatlánticos, con billetes de última clase; o en trenes, con billetes de última clase también. Tampoco conocían el idioma, ni las costumbres, ni la geografía, ni nada de nada. Tampoco se integraban en la sociedad de recepción. Ni dichas sociedades estaban interesadas en integrar, les interesaba el tipo de trabajo que ellos podían hacer y que los del país no hacían ya. Sólo tenían un objetivo: ganar el suficiente dinero para poder enviarlo a su país, poder regresar un día y montar un pequeño negocio con el que poder vivir. Algunos se quedaron para siempre, sobre todo por los hijos, en el país que los acogió. La mayoría volvieron, agradecen lo que esa tierra les dio, pero no se consideraron casi nunca integrados, no se emocionan de alegría cuando escuchan una canción de ese país o les resbala una lágrima de añoranza cuando ven un reportaje del país en cuestión. Quizás se deba a que realmente no disfrutaron del país, sólo trabajaron y mucho, cuantas más horas mejor, y se sacrificaron para tener lo que su país, antes, no les pudo dar.

¿Qué es, entonces, lo que cambia? Necesitamos mano de obra, los españoles no queremos trabajar de ciertas cosas, "supuestamente" debemos estar preparados para trabajos de más alta cualificación y de más alta remuneración. No sé dónde está aquí el equívoco, si por parte de los jóvenes que están sin trabajo y no quieren trabajar de lo que hay, o por parte del sistema que tiene a un montón de universitarios trabajando de dependientes, reponedores de hipermercados, de comerciales, de vigilantes, de vendedores a domicilio o a través del teléfono... Puede que la equivocada sea yo, pero no lo entiendo. Debemos de ser el país europeo con más universitarios trabajando de cualquier cosa que no sea la de su licenciatura, o directamente sin trabajo alguno.

¿Cuál es la labor de los gobernantes que no pueden ofrecer trabajo a sus votantes? Buscar apoyos, medios de vida, creación de empresas, inversiones... También existe la posibilidad de llegar a acuerdos internacionales con otros países para poder "legalmente" acoger posibles trabajadores para empresas o situaciones concretas que palien, al menos en parte y de forma inmediata, la grave situación de hambre y miseria que padece esta gente.

Ya es terrible tener que abandonar, sin desearlo, tu país, tu familia, tus amigos, tu cultura, tu lengua... para vivir en otro. Es terrible, pero esperanzador cuando sabes que tendrás posibilidades de mejorar, que tendrás un trabajo que te permitirá vivir. Pero es horrible hacerlo a sabiendas de que las condiciones del viaje no ofrecen ningún tipo de garantía, que es muy probable que perezcas en el intento y que, si llegas, las condiciones en las que llegas y el modo en el que lo haces, permiten una situación de chantaje, de "ilegal" que no te permite exigir ningún tipo de condición, que las "mafias" dominan, disponen y resuelven a su antojo.

Y todos lo estamos permitiendo. Todos los gobiernos del mundo. Todos los políticos. Todos las personas. Permitimos que términos de "legalidad" o "ilegalidad", se apliquen a los derechos humanos. Y... perdonadme, pero no lo entiendo. ¿Buscar el pan de tus hijos y el tuyo propio es ilegal aquí o en las quimbambas? ¿Querer sobrevivir es ilegal? Tengo que consultar de nuevo el diccionario, no se me queda grabado el significado de esta palabra.

Los que si puedo asegurar es que me quedaron grabados esos momentos en el que ví llegar el cayuco remolcado, a los inmigrantes cubiertos por mantas, ateridos, débiles, tristes, muy tristes, de movimientos torpes de estar hacinados tantos días. Se me quedarán grabadas para siempre sus miradas, miradas similares a la mía, miradas de no entender nada, de incertidumbre.
Creo que las suyas tienen un componente más que la mía, las suyas son miradas con hambre, con hambre real, hambre de alimento.
Pero también son miradas con hambre de justicia, de equidad, de solidaridad y de humanidad.

Y mi cámara captó su llegada, pero de lejos, para que su mirada no os llegue a los ojos, sólo para que llegue a vuestro corazón, para que lo hagáis llegar a otro y a otro. Una unión de muchos corazones puede hacer cambiar el pensamiento...

Perdón, no pretendo hacer daño a nadie, ni culpabilizar a nivel personal, sólo íntuyo que se pueden cambiar ideas; sé que todos sabéis de esto y sentís algo semejante a lo que yo puedo sentir; es sólo que tenía que decirlo y vosotros sois quienes mejor escucháis mi voz, quienes mejor la sabéis interpretar aunque mi pensamiento sea en esto, muy ingenuo. Gracias por leer, por compartir y por estar.

28 de agosto de 2006

Puñeterías de la vida.


Tras esta pausa veraniega, pausa a medias tan sólo, pues uno no puede darse de baja del mundo sin más aunque no tenga que asistir al trabajo; pienso en lo que he hecho, en todos los propósitos que me hago "in mente" en cuanto mis neuronas captan la palabra vacaciones, y tengo que reconocer, como casi todos los veranos, que mi sentido de la fidelidad llega a límites insospechados por mí: el significado de la palabra "propósito" se ha quedado intacto, ni lo he rozado levemente, queda virgen y puro, guardado en el armario de verano para volver a airearlo el próximo, si llego a él.
La verdad es que descomponer una palabra de cuatro sílabas es complicado, cuando tiene la particularidad de que una de ellas es, además, triple, y contiene dos "pes", lo que parece imbuirle un sentido de pomposidad ante el cual que hace falta tener mucha valentía para enfrentarse. Así es que así la he dejado, tal cual, en puro estado natural y salvaje. Puede que sea la manera que una tiene de asirse a lo salvaje ya que nos es poco dado el poder serlo en la cotidianeidad.
Y heme aquí dándole vueltas a estos coletazos del verano, intentando extraer en ellos toda la positividad posible para emprender el día a día con fuerzas renovadas.
Y encuentro que este mundo nuestro es un continuo ciclo en el que se repiten las mismas historias una y otra vez, los mismos miedos, los mismos atropellos, los mismos abusos, las mismas miradas en el pasado y pocas, muy pocas, en el presente inmediato.
Y así soy testigo más o menos directo de los engaños, de las rupturas, de los desasosiegos, de la falta de amor, de convivencias mal avenidas, de inseguridades sentimentales, de desconfianzas, de intereses, de celos, de amarres sentimentales basados en no sé qué ilusiones infantiles soñadas en tardes de veranos olvidados, lejanos en el tiempo.
Y quiero tender mis brazos, acoger tanta frustración, arrancarla del sentimiento, arrojarla a la profundidad de los mares, enterrarla en una fosa tapiada de hormigón, cual materia altamente contaminante..., pero no puedo, su consistencia no permite el encierro. La fuerza de mis brazos no pueden con su tonelaje. Recurro, entonces, a la fuerza de las palabras, al razonamiento; y me encuentro aún más imposibilitada si cabe. El mundo de los sentimientos no sabe de razonamientos, se han colocado en frentes opuestos desde el principio de su existencia.
Y hago mi último intento, trato de traer a mi memoria situaciones en las yo me encontré en circunstancias similares para tratar de entender cómo se sienten y qué es lo que me gustaría a mí, de ser ellas, que me dijesen o hiciesen los que intentan ayudarme.
Y concluyo que mi forma de reaccionar no es igual que la suya, que cada personalidad tiene sus propias reacciones, que lo que para mí puede ser ayuda para otro puede ser molestia, que cada situación requiere tratamientos diferentes y que mi intención debe quedar en eso, en intención sin más, sin ninguna pretensión de aliviar, sin presunción de servir de ayuda, sólo saber escuchar, estar sin más...
Y no creo que esto signifique mucho para nadie, tampoco lo pretendo, pero es ... cuanto puedo hacer. No sin cierto sentimiento de frustración por mi parte, puesto que en ocasiones la ayuda significaría eliminar los elementos que provocan estas situaciones, y en algunos casos tienen nombre y apellidos y creo que eso está penado por la ley con cárcel de por vida o cuasi.
La vida tiene ciclos, rachas, vueltas. Los sentimientos, las palabras, los secretos, las promesas, los juramentos, el dolor, la alegría van girando en medio de nuestros días y nuestras noches hasta envolvernos.
A veces no sabemos cómo salir, otras no sabemos cómo hacer para apresar aquello que nos produce bienestar, alegría, tranquilidad, placer; parece que apenas tienen intensidad, que su permanencia es la misma que la del trayecto de una estrella fugaz a nuestra mirada...
Quizás el secreto esté retener esos pequeños momentos en la memoria personal y sacarlos a la luz cuando no los tengamos en el presente. Quizás haya elementos que no nos permitan sacarlos a la luz, que con su perseverancia no nos dejen rememorar aquel sentimiento de alegría, que con su maldad innata nos condicionen para siempre. Contra ellos es contra quienes habría que luchar con más fuerza. Pero ya no las tenemos. Se nos han ido y no sabemos cómo recuperarlas, por eso nos hunden, por eso nos pueden, por eso quedamos con la marca del vampiro en la garganta.
Es difícil aliviar el dolor de otro cuando su cura no pertenece al campo de la medicina. Es banal el intento de hacer comprender que poco a poco, tras la tormenta, el río vuelve a su cauce, como bien dice la naturaleza. También es cierto que los cauces quedan dañados, alterados, pueden devenir en otros. Quizá es que necesitamos todo eso para convertirnos en lo que finalmente acabaremos siendo, las personas que somos en el presente que vivimos. Quizás también sea preciso hacer una introspección hacia nuestro interior y comprobar si como nos sentimos y como somos en este presente nos gusta. Del resultado de nuestra mirada personal saldrá una elección: o nos gusta lo que vemos y sentimos o no nos gusta e intentamos buscar otro camino más acorde con el concepto que tengamos de nosotros mismos...
Sea como fuere, lo seguro es que por el cauce volverá a correr el agua fresca, aunque el cauce no sea el mismo. ¡Quién sabe si el cauce primero era el más idóneo! Todos los cambios sufridos en nuestra existencia conforman la personalidad que somos, el resultado de todas nuestras experiencias. Los ciclos de la vida.
Es cuestión de enfrentarse a uno mismo.
Es cuestión de elegir, aunque el esfuerzo sea enorme.
Por todas aquellas personas que me importan y lo están pasando mal, por todas ellas pienso que la vida tiene demasiadas puñeterías, pero también sé que podemos decir que no queremos que nos hagan más la puñeta.
En "redimidas" cuentas, de puñetas, sólo las necesarias.

26 de julio de 2006

Pensamientos nocturnos.


Cuando de noche voy a tu cuarto,
pequeña,
te miro con ojos benévolos;
te miro
¿cómo no?
con ojos de madre.
Tu cara refleja
tanta paz
que...
apenas me atrevo
a respirar.
¿Dónde va la energía
que derrochas durante el día?
¿qué es de tu charla continua
a media lengua?
¿y tus gritos?
¿se han quedado flotando
en las partículas del aire
para devolverlos mañana
a tu garganta?

Mirando tu relajado rostro
me pregunto...
¿y hay quién se atreva
a abandonaros?

¿Quién despierta a los niños
del mundo?
¿quién es el culpable
de que muchos de ellos
no puedan apenas dormir?
¿quién hace que nazcan
seres que no posean,
no una cuna donde dormir,
sino tan siquiera un lugar
tranquilo donde permanecer?

Muchos niños no pueden,
no pueden dormir...
porque las bombas no
les dejan,
porque las metralletas
les aguardan,
porque el hambre
les hace una herida en el estómago,
porque su padre no está,
porque su madre no está,
porque no tienen un trozo de pan.

No, no son niños ya.

Antes de haber nacido,
la miseria y la destrucción
les rodea por doquier.

Antes de haber nacido
ya están condenados a sufrir.

Antes de aprender a andar,
han de saber luchar
por cosas tan imprescindibles
como respirar.

No saben que hay tratados.
No saben que hay derechos.
No saben que nacen,
supuestamente,
con una serie de privilegios.

Tampoco saben
a quién reclamar.

Tampoco saben
que no saben.

¿Quién vela por sus derechos?
¿Los que los han escrito?
¿Quién vela por su sueño?
¿Los que se atreven a despertarlos?
¿Quién accede a su vulnerabilidad,
a su fragilidad, a su indefensión
con total impugnidad?
¿En base a qué principios...?
¿A los de respuesta a ofensas?
¿A los de venganzas?
¿A los de odio irracional?
¿Quizás a los principios del poder?

Mientras tanto,
gastamos miles de toneladas de papel,
de tinta,
de energía,
que muestran este horror.

Mientras tanto,
se gastan millones de dólares,
o de euros,
o de libras,
en hacer reuniones
de los altos mandatarios,
de los grandes dirigentes,
de los supuestos mediadores,
de los grandes estrategas,
de los maravillosos oradores,
para tomar soluciones
que nada remedian.
Los niños siguen despertando,
pasando hambre,
padeciendo enfermedades,
quedando sin padres,
heridos de bombas,
o muertos sin más,
porque una bomba
los hizo volar.

¿Y... nosotros...?
¿Qué hacemos nosotros?
Los que no dirigimos,
los que no mandamos,
los que no hacemos discursos,
los que callamos...
¿Por qué callamos?
¿Realmente no mandamos?
¿Por qué no los mandamos,
a todos ellos,
a dirigir su casa
o su negocio,
y que se olviden de ensuciar más el mundo?
Tenemos todos
la facultad de hablar,
de pensar,
de decidir sobre lo que creemos
que está bien y lo que no lo está...
¿Por qué, entonces, callamos?
¿Por que no tomamos una decisión compartida
que acabe con tanta injusticia?

¿QUIÉN ES EL QUE SE ATREVE
A LOS NIÑOS IGNORAR?
¿QUIÉN ORDENA LAS BOMBAS
QUE LOS HAN DE DESPERTAR?
¿QUÉ MIERDA DE EGOÍSMO ES
EL QUE NOS HACE CALLAR...?

18 de julio de 2006

Recuerdos en memoria de...






Regresaba a casa. A medio camino desvió su coche de la carretera principal y tomó otra que conducía hacia una aldea por la que pasaba todos los días hacía años, cuando iba a su trabajo y que, ahora, sólo daba acceso a la aldea. Deseaba volver a ver el valle, los castaños que abundan en él y todas tierras trabajadas que se divisan desde ella. Descendió del coche y... un olor muy familiar llegó a su nariz, subió por las fosas nasales y, rápidamente, estimuló aquel pequeño rincón en el que se alojaban los recuerdos de su infancia. Dejó que se impregnase bien, que casi ocupase toda la masa cerebral; todos sus sentidos estaban en otro lugar, en otra aldea, en la aldea querida, en la aldea que le había dado la oportunidad de aprender otros modos de vivir, otras formas de mirar, otras maneras de sentir, de oler, de hablar...

¡Cuántos momentos agradables conservaba aún su cerebro relacionados con ella! Ese olor actual había cedido paso a aquel olor que la hacía sentirse en el mejor de los mundos, en el hogar, en la tranquilidad, en la naturaleza, al lado de todo lo vivo, de la hierba recién cortada, de las mazorcas de maíz, del revoloteo caprichoso de las mariposas, del vuelo de los pájaros, del olor de las manzanas de San Juan, de las peras de manteca que reservaba el abuelo celosa y cuidadosamente en el hórreo hasta su llegada, de los melocotones robados, del sabor de las nueces verdes que le tiznaban los dedos, la lengua, los labios..., y que también robaban a algún vecino, de las sabrosas y refrescantes cerezas que su primo tiraba desde el enorme cerezo situado frente a la ventana de la cocina y que ella recogía en su pequeño mandil ansiosamente mientras la ilusión de su sabor llenaba su boca de agua premonizando el apreciado jugo de su fruta preferida.

Se preguntó qué había ido a buscar allí. Tenía un motivo actual, justificable, quería tomar unas fotos del valle, de los árboles; pero no era el único, antes de este había otros antiguos que estaban esperando la llegada del actual. Deseaba volver a aquella carretera relegada a tercera categoría, deseaba recordar momentos en los que su recorrido fue agradable, placentero, momentos en los que el cielo tenía todas las tonalidades posibles, en los que los verdes del paisaje se presentaban en toda la gama, en los que las distintas estaciones iban cambiando su aspecto, sus colores, sus formas, sus luces, sus brillos...

Había vuelto porque necesitaba tener una vez más, sentir otra vez, la compañía de quien tantas veces había recorrido el mismo trayecto. Ella nunca más lo haría, no había posibilidad. Para ella se habían cerrado todas las carreteras, principales y secundarias; todas las luces, las tenues y las deslumbradoras; todos los verdes del paisajes y todos los azules de las montañas; todas las tonalidades del cielo y hasta el murmullo del agua.

Había vuelto porque se lo debía a ella, porque era uno de los lugares por los que no había pasado desde que no estaba, el único que faltaba en aquella especie de peregrinación meditada que había hecho tras su falta por los lugares comunes y más queridos por ella. Porque también le gustaban aquellos hermosos árboles, aquel valle, aquel recorrido.

Ya hacía seis años que ella no estaba. ¿Por qué precisamente ahora había sentido la necesidad de ir allí?... Difícil saber. Difícil entender.

Sólo supo sentir. Sintió aquel olor que trajo a la memoria todas las escenas infantiles que recordaba con más cariño, con más ternura, con más tranquilidad...

Sólo supo sentir. La paz y alegría que sentía en la aldea de la infancia se unía a aquellos momentos vividos con ella en aquel lugar.

Dos lágrimas descendienron por sus mejillas. Pero no había dolor. Ya no. Podía entristecerse con el recuerdo, pero ya no le dolía como antes. Ya no.

Miró a su alrededor y dejó que todos los verdes, todos los azules, todos los amarillos y todos los marrones entraran en su mirada para transmitírselos, en señal de último duelo, a ella.
Todos, hoy, eran para ella, sólo para ella.


Se despidió, le dio su último adiós sabiendo que siempre tendría un rincón en su memoria, para ella, para su amiga y compañera.

15 de julio de 2006

¿Sustracción o ... desplumación?


Alguna vez me tenía que pasar a mí. Y me tocó. Esto se suele oír con la lotería, pero no es el caso. Lo que mí me tocó fue otra cosa...
Me desplazo a una ciudad preciosa para reunirme a comer con una amiga reciente y a la vez antigua por la calidad humana que de ella emana, lo que la hace que se incorpore como si lleváramos mucho tiempo conociéndonos, hablándonos...
Tras varias horas de parloteo maravilloso, me acompaña amablemente hasta el aparcamiento donde había dejado mi coche. Llego al mismo y decido ir a un cajero automático para comprar unas alpargatas cómodas, aprovechando las rebajas que pululan por todos los comercios.

Hago mi compra y muy contenta por el hallazgo de las zapatillas deseadas, me dirijo a echar una ojeada a otro comercio situado justo al lado donde no hay zapatos, pero sí ropa. Aquello estaba a rebosar de mujeres... Dudo si mirar o marchar. Me quedo. Cojo varias cosas.

Cuando ya decido que no miro más, siento que el bolso colgado al hombro me pesa menos. Miro: la cremallera abierta, ¡si la llevaba cerrada segurísimo!, ¡no puede ser!, ¡la cartera...! Rebusco, remiro, revuelvo... no está. Por mi mente pasan todas las cosas que llevo (llevaba) dentro de ella, los 270 euros, el DNI, el carné de conducir, las tarjetas del banco, las de donantes, las de algún que otro centro comercial, las de los teléfonos por si pierdes las tarjetas, tickets de compras, una primitiva de la semana pasada sin mirar, la foto de mi sobrino y "el ticket del aparcamiento... ¡Leches! ¿Qué hago? ¿A quién acudo? ¿Cómo llamo? ¿Cómo saco el coche sin un céntimo? ...Y sobre todo... ¿qué mierda hago yo comprando aquí en vez de haberme ido cuando llegué junto al coche? ¿Es que no hay zapatillas en donde vives? ¿Las de aquí son más baratas, buenas y bonitas, so boba?

Por fortuna tengo el móvil, hago tres primeras llamadas, cancelo tarjetas, pido ayuda a mi amiga, a un familiar. Solucionado lo más inmediato, me voy a hacer la denuncia a la policía. Por el camino, entre los nervios y mi problema genético de incontinencia urinaria casi me lo hago por el camino. Aguanto hasta acabar la denuncia. Al salir, le digo a los dos polis de la puerta si puedo ir al WC, uno, el novato, porque se le notaba, muy amablemente se adelanta para indicarme dónde está; el otro, supuestamente el más experimentado, el más veterano en el escalafón de portería, con mirada de recriminación al novatillo y pensando, seguramente, que era ya lo que nos faltaba, que todas las personas que van a hacer denuncias fueran a echar sus desechos personales a SU WC; espeta, conciso, preciso y en tono medio imperativo que no se puede ir, que están averiados (habría más de uno... todos se habían averiado en el mismo día, mira qué casualidad, justo el día en que me roban y yo me meo). Pero, ¿será posible? Vamos a ver, tío, ¿quién mantiene TU supuesto WC laboral, tu puesto? ¿no es con los impuestos que pagamos todos los ciudadanos de este país, so memo? ¿no acabas de oír que me han robado y no tengo ni un céntimo para ir a un bar a depositar mis líquidos sobrantes? ¿no has oído que no soy de aquí...?


No era el mejor momento para decir todo lo que se me vino a la cabeza porque yo estaba realmente nerviosa y jodida con el asuntillo del que era la principal víctima. Tampoco deseaba complicarme con un supuesto desacato a la autoridad "puertil" de comisarías, nunca se sabe lo que pueden argumentar en tu contra; así es que me limité a mirarlo bien a la cara y recalcarle irónicamente un muuuchas gracias, que dudo haya sabido interpretar.

Tres horas de paseos según apretaban las ganas, de pequeñas sentadas en diversos bancos de piedra de un parque cercano, de miradas discretas en las papeleras cercanas al lugar de los hechos por si habían tirado la cartera tras coger la pasta gansa. Nada. Oscurece, se levanta una brisilla; con ella las ganas de orinar aumentan... Al fin viene uno de mis rescates. Al fin voy a poder mear.¡Menuda meada!, histórica, parecía una vaca que se ha bebido un barreño entero de agua.

Llega mi segundo rescate, pero antes de reencontrarme, vamos al aparcam¡ento a explicarle al señor que está en el control, previa presentación de la denuncia, que no tengo el ticket, que me han robado. No hay problema, estamos controlados por todas partes, la entrada de mi bólido estaba controlada; allì aparecía la imagen con la hora de entrada, en un monitor de tv. ¡Ojo con lo que hacéis al entrar en los aparcamientos si perdéis el ticket, no se os ocurra decir que habéis entrado hace media hora si lleváis en él varias horas, podríais quedar un poco mal!

Las 12:45 h., llego a casa arrastrada. A pesar de todo, duermo. Por la mañana empiezo con las llamadas telefónicas a los diferentes organismos oficiales donde se expiden los documentos que te identifican y te permiten conducir bólidos para que me digan qué cosas tengo que llevar dado que no tengo nada más que el pasaporte para identificarme. Me dicen. Voy. ¡Pues va a ser que no! Mira tú por donde la cosa no es como me habían informado. Antes del permiso de conducir tienes que ir al DNI, no te vale con el pasaporte como me dijeron. Total, empieza de nuevo. Las colas en ambos sitios, innumerables... ¡Joer, cuánta gente renovando o haciéndolo por primera vez! ¿Tantos somos en este país?
Pero antes de esto me pasé media mañana en la oficina del banco. No tenía manera de poder quitar dinero, todo bloqueado. Menos mal que la única persona que me conoce en la entidad no estaba de vacaciones ni la habían trasladado a otra oficina. Me hubiera tenido que alimentar de aire, que creo que alimenta mucho, o al menos eso me decían de pequeña, que los aires de la aldea eran muy buenos, que sólo el aire alimentaba, (claro que de eso hace mucho y este aire está un pelín más contaminado que el de la época en cuestión); pero seguro que adelgaza una barbaridad y... a punto estaba de anular la petición de dinero,unos quilitos de menos me dejarían pasable para el verano. Seguro que las firmas de productos adelgazantes aún no se han dado cuenta del asunto, porque en cualquier momento nos lo envasan y nos lo venden a precios astronómicos. Estoy por patentarlo.

Tres días de papeleos,vueltas, sudores, tráfico y tráfico. ¡Puuf! Bueno, ahora a esperar que vayan llegando tarjetas, carnés, etc. Agotador para estar de vacaciones.

Recuerdo también que tengo un seguro que cubre robos. ¿Recuperaré al menos el dinero? Pues va a ser que no. El problema es que los seguros, que siempre velan por nuestra seguridad como la misma palabra indica, sólo te cubren si te roban. A mí, por lo visto, no me robaron. La cuestión es muy sencilla, de "catón" (cartilla que se empleaba en los años 40 y 50 para enseñar a leer), diría yo. Veréis, robo es algo muy específico. Si a ti te abren la cremallera de tu bolso, tuyo porque te lo has pagado, que va colgado de tu hombro, tuyo porque pertenece a tu cuerpo y viene una rápida y ágil mano ajena, de otro porque no es tuya, y te abre la cremallera y extrae la cartera que hay en su interior y que también es tuya, como todo lo que llevas en su interior; eso, amig@s mí@s no es un robo, es una extracción = sustracción = resta. Es decir, que una resta sólo es que donde antes había tanto, al extraerlo, ahora no hay nada. ¿Cómo se va a llamar a eso robo? No señores, no. Robo es algo más complicado. Esta palabra encierra muchísimas cosas, encierra violencia, encierra empujones, navajazos, tirones y desgarramientos musculares, intimidación con arma de fuego, con palabras, con lesiones, con golpes, etc. etc.

Claro como el agua, ¿no? Oséase que... si alguna vez os encontráis en el apuro de ser "sustraídos", ni se os ocurra decirlo; sobre todo si tenéis algún seguro. No señor, en ese caso, en medio de los nervios y mientras vais a realizar la denuncia en la comisaría más próxima, id pensando en describir al o l@s mailto:agresor@s inventad una historia de cómo ocurrió y de paso, buscáis un banco de un parque o similar y os tiráis de rodillas desde él al suelo, a ser posible con unos buenos rascazos ensangrentados, que impresiona muchísimo más, ¡dónde va a parar!, en las rodillas o en los codos. Y así, de esa guisa medio sanguinolenta, os dirigís, ya muy serios, a la comisaría para dar todo tipo de detalles. Hasta puede que tengáis suerte y si os estáis haciendo pipí, al estar malherid@s os dejen utlizar esos WCs de uso exclusivo de la policía y que pagamos entre todos. ¡Suerte y a por todas!

Al tercer día del suceso de marras, suena el teléfono a las 21:00 h. Es de donantes de sangre. Pienso: "también me quieren quitar la sangre con el agotamiento que tengo". Pues no, mal pensada que es una y además, adelantada en pensamientos. Me llamaban porque acababa de llamarles un señor para que les diese mi teléfono, ya que al parecer había encontrado mi documentación. No dan los teléfonos de los donantes, cogieron el suyo para que yo, tras llamarme ellos, me pusiese en contacto con él.

¡Qué suerte!, me dije. Llamo. Una voz masculina con acento hispanoamericano me dice que tiene mis documentos, que aparecieron en su cafetería y que él siempre está allí, que está abierta todos los días del año y dice el horario. Cierra a las 22:00 h. Le pregunto si puede decirme qué documentos encontró. Su respuesta fue un tanto desagradable: que si quería la documentación que la fuese a buscar, y si no que la dejase. Se me revuelve algo por dentro. No entiendo esa reacción en alguien que ha tenido la amabilidad de buscarme. Como tengo avioneta averiada para trasladarme antes de que cerrase le digo que no soy de allí y que hoy no puedo ir a buscarla; contesta diciendo que puede que seamos del mismo sitio, nombra un lugar, pero no, no somos del mismo, pero según él de la misma provincia, (¿con ese acento?), añade que nacimos el mismo año. Cuelga. Cuelgo.

Me huele a chamusquina, no mucho, pero algo sí. Vamos a ver si nos aclaramos. Si tienes mi documentación con todos mis datos... ¿por qué no has buscado mi teléfono en la guía? Si tienes la documentación en la mano mientras hablamos por teléfono porque me estás dando datos de dónde soy, ¿por qué no me dices los documentos encontrados?

Suelo ser confiada en general, de verdad, pero había algo que no me gustaba, no podría decirlo con exactitud, era más bien una especie de presentimiento o malestar por el cambio de actitud en cuanto le pregunté por los documentos.
Decido no ir sola a recogerlos. Ante la opción de elegir entre dos acompañantes distintos, elijo el masculino con cara de seriedad, si no se ríe, y con bigote, que impone más.

Dos días después llegamos a la cafetería y mi primer ¿chasco?, cerrada a cal y canto. Pero cerrada totalmente, una verja metálica de doble hoja, de esas que se pliegan y al desplegarse quedan rombos, con una cerradura en abrazadera y de llave, dos sombrillas plegadas tras la verja y la puerta en sí del local. Dentro todo oscuridad. Sólo se veía, al fondo, una pantalla de televisión encendida en la que se veía un campo de fútbol y la voz del comentarista de turno. Otro sonido de música, a bastante volumen, salía también del interior.Vayamos por partes: ¿no estaba abierto todos los días del año hasta las 22:00 h.? ¿qué pasa para tener encendidas música y tv a la vez?

Intentamos mirar por si vemos moverse alguna figura en el interior, nada,la oscuridad es la reina del momento. Mi acompañante y yo empezamos a hacer elucubraciones sobre el posible paradero del señor, a cada cual más peregrina: que si una siesta tardía (20:20 h.), que si un encuentro íntimo con el fútbol animado con música preferida de fondo, que mejor una cita inesperada con algun/a interesante mujer/hombre, que si la novia...

Llamo por teléfono y no lo coge nadie. Decidimos seguir calle abajo y tomar algo mientras, por si ha salido y vuelve pronto. Pedimos consumición en una cafetería con terraza a unos 200 metros del local. Mi acompañante va al servicio y cuando nos sirven abono la consumición. Llaman por teléfono a mi acompañante y como no hay buena cobertura se levanta y se aleja un poco. Entretanto llamo de nuevo. ¡Bingo! La misma voz del otro día, le explico que he ido y que está cerrada la cafetería, que estoy un poco más abajo. Nervioso y con ritmo apurado en el tono de voz me dice que mañana, que vaya mañana, que "dijjculpe" que está saliendo. No me da tiempo a más, me cuelga el teléfono.

¿Cómo? ¿Aquí al lado y no me da la documentación? ¿Volver mañana? ¿Y si vuelve a estar cerrado? Porque no me ha dado opción ni de quedar en una hora concreta, ni nada de nada. Como ya había pagado la consumición me levanto rápidamente para ir a ver si sale del local, le indico a mi acompañante con gestos que voy hacía allí y con un dedo en la parte inferior del ojo le indico que voy echar una ojeada. Por sus gestos de contestación creo que me entiende e interpreto que viene ahora.

Apuro el paso, pero sin correr. Por la calle no baja nadie, sólo un señor se cruza conmigo, pero va muy tranquilo, sin prisas. No puede ser él, daba la impresión de estar apurado a juzgar por la urgencia en que cortó la conversación. Llego. La verja igual. La cerradura puesta hacia dentro. En el interior todo sigue igual en lo que puedo observar. Continúan sonando música y tv. Llega, muy acelerado mi acompañante, se había retrasado porque no sabía que yo había pagado y volvió a pagar la consumición.

Tiene que estar dentro, la cerradura está hacia dentro, como si antes hubiera salido y acabase de entrar de nuevo. Pero, si tanta prisa tenía en irse... ¿por qué vuelve a cerrar la verja por dentro? Llamo de nuevo, no lo coge. Cuelgo y vuelvo a llamar. Lo coge. Le digo que estoy delante del local, que si puede darme la documentación. Me dice que un momento.

Oímos llaves y una cerradura de la puerta interior. Mi acompañante se queda situado justo en mitad de la verja y yo hacia un lateral. De repente oímos una voz que pregunta quién está ahí, a la vez que, entre las sombrillas plegadas, asoma una cabeza con el pelo teñido de rubio, de cara redonda y blanca, que lo primero que ve es a mi acompañante. Me aproximo a su campo visual y le digo quién soy. Suelta un ¡ah! y a la vez me arroja, literal y prácticamente, mi cartera a las manos, abierta todo lo que daba la parte del monedero y con todos los papeles arrugados y amontonados por encima, que casi se caen todos al suelo si no los agarro con las dos manos.

Desapareció más rápido de lo que había aparecido. Creo que llegué a pronunciar un "gracias" que a él ya no le dio tiempo de escuchar.

Si antes me olía a chamusquina, ahora ya empezaba a notar el calor del fuego. No me "cuadraba" nada de lo ocurrido. ¡Qué forma tan rara de devolver una cartera! ¿Nos había visto antes? ¿Pensaba que volvería sola al día siguiente? ¿Quién pensaría que era mi acompañante?

Como quiero mirar con detenimiento qué documentos están y si faltan cosas o no antes de abandonar la ciudad, nos dirigimos a un café. Era evidente que habían mirado todo, papel por papel. Todas las tarjetas y carnés estaban juntos, sacados de su sitio, en una de las dos partes del monedero. Aliso como puedo los papeles y reviso uno a uno. ¡Sorpresa!, entre ellos hay dos cosas que no son mías, un calendario de bolsillo y un recibo sin nombre comercial de la compra de dos artículos especificando el tamaño de los mismos y el importe.

¿A chamusquina, dije? Que hubiese cosas que no eran mías me pareció raro, raro, raro. La forma en que apareció el señor y. sobre todo, la forma en que desapareció, más raro todavía. También puede que fuese un gran tímido, aunque con el pelo teñido de rubio rubio, como que no...


Claro que con tanto incendio veraniego, quién sabe, quizá sean sólo cosas mías.
Puede que el olor proviniese de algún monte cercano y el calor me tenga confundida.







8 de julio de 2006

Una reflexión más.

Revisando papeles varios, intentando organizar mi diminuto mundo personal para no acumular más de lo necesario en mi cuarto de trabajo, me llevó a toparme con una frase de Gabriel García Márquez que dice así:
"Te quiero no por quien eres,
sino por quien soy cuando estoy contigo".

La había leído varias veces con anterioridad, siempre me pareció una frase fantástica, pero nunca hasta hoy le había dado el sentido que se me ocurrió en cuanto la releí. Consiste en darle la vuelta al sentido de la frase para intentar entender cómo son las relaciones de muchas personas; es decir, cuando se quiere a alguien y se cree que ese alguien lo es todo en nuestra vida, creemos que se debe a la forma de ser de esa persona porque nos complementa o porque nos parece maravillosa o por muchas otras razones. Pero..., ¿qué ocurre si lo que somos cuando estamos con esa persona no nos gusta? ¿qué pasa si el ser en el que nos convertimos no es en absoluto lo que nosotros somos o hemos sido?
Querer al otro sin quererse a uno mismo es complicado, ¿no? Realmente, cuando queremos a ese otro ser...¿nos gusta cómo somos a su lado? Puede que, en el fondo, esta sea la causa más importante de las rupturas de muchos seres que se quieren.
"Te quiero, pero no me gusto cuando estoy contigo y primero tengo que gustarme", podría ser el inicio de una ruptura.
"Hago todo cuanto tú quieres, porque te quiero, aunque no me gusto", podría ser el camino de una anulación del propio ser.
Y me pregunto... ¿cuántos se quieren porque se acostumbran sin más al otro? ¿cuántos se quieren porque a su lado son mejores personas?
Difícil respuesta, ¿verdad?
No se trata de ser fantásticos, se trata de ser uno mismo en libertad compartida, de hacer con..., de ser con..., de estar en tranquilidad respetando modos y maneras, gustos y sueños.
Lo contrario, no merece la pena. Se puede seguir queriendo al otro, pero no causa sino pena en el ánimo y desdicha en el sentimiento.

Estrellas arbóreas.



Leyenda para Alberto.




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3 de julio de 2006

Leyenda del castaño.

Cuenta la leyenda que hace mucho mucho tiempo, en lo más alto del cielo, había una rey que dominaba sobre todas las estrellas. Tenía el rey, un precioso caballo de mar que había robado del océano una noche de luna llena, cuando los padres del caballito estaban buscando comida.
El caballito fue creciendo y creciendo y haciéndose cada vez más fuerte y más grande, pero siempre suspiraba por volver al acéano de donde procedía; se acordaba de sus papás, de sus hermanos, de sus amigos y de lo bien que lo pasaba enroscándose en las olas, subiendo por la espuma y sintiendo la frescura del agua sobre su cuerpo.
Muchas veces rogó al rey que lo devolviese a su acéano, pero éste, siempre le decía que tenía otros planes para él, que tenía que hacerse muy grande y hermoso y que tenía que ser muy rápido porque él lo convertiría en la envidia de todo el cielo.
Y así fue, el caballito de mar creció y se convirtió en un precioso caballo. El rey ordenó que lo ataviasen con luciernágas y polvo de estrellas, que le colocasen unas bridas y montándose en él, paseó por todos sus dominios para que todas las estrellas lo conociesen y envidiasen lo rápido que podía desplazarse ahora para vigilar si ellas emitían su luz todas las noches del año.
El rey era muy autoritario, era implacable con sus órdenes, obligaba a las estrellas a emitir luz todas las noches, sin descanso, no les permitía que se moviesen de su sitio. A veces, entre ellas, se iban turnando para dar luz, unas la daban y otras descansaban. Pero, cuando el rey convirtió al caballito de mar en su caballo particular, se desplazaba tan rápido que controlaba todo lo que hacían las estrellas y no las dejaba descansar ni un minuto.
Las estrellas estaban cansadísimas porque gastaban su energía durante la noche y durante el día no podían hacer nada. Empezaron a quejarse entre ellas del rey, pero ninguna se atrevía a enfrentarse a él porque sabían el genio tan fuerte que el rey tenía y se enfurecía con cualquier cosa.
Fueron pasando las noches y el agotamiento de las estrellas era cada vez mayor.Una de las estrellas, la más chiquitita y que aún emitía una luz muy débil, se iba apartando tras las estrellas más grandes y luminosas y se colocó en un lugar desde donde podía ver una parte de la Tierra. Cada noche se iba acercando un poco más; al llegar el sol, ella se protegía tras sus rayos en vez de irse con las demás y seguía observando aquella parte de la tierra. Era una parte en la que abundaban unos árboles muy frondosos, de verdes hojas grandes y alargadas con muchos nervios.La estrella, prendada de la belleza de aquellos árboles fuertes, frondosos y anchos, no pudo dejar de observarlos. Los observó durante todas las estaciones del año. Había algo raro, esos árboles no tenían flores, ni semillas, ni frutos. Intrigada, decidió bajar a la Tierra una noche de verano en que varias de sus compañeras, las estrellas fugaces, emprendían su viaje. Así, llegó hasta el bosque de sus amados árboles y, muy decidida, les preguntó por qué no tenían frutos como los otros árboles. El más fuerte de todos, el árbol centenario, le dijo que ellos darían fruto con mucho gusto, y que les gustaría que su fruto fuese un buen alimento para los humanos, ya que muchos de ellos pasaban hambre, pero que sobre ellos había caído una maldición y no podrían dar fruto hasta que alguien desease vivir para siempre entre ellos proporcionándoles la energía necesaria para dar fruto, pues la tierra en la que crecían tenía mucha humedad y nunca les llegaba el calor a las puntas de sus ramas.
La estrella quedó impresionada con la historia y enseguida se puso a pensar en una solución para remediar el problema de los árboles y el de todas las estrellas que estaban cansadas de iluminar constantemente todas las noches. Les dijo que ella estaría encantada de vivir entre ellos para siempre y que estaba convencida de que podría hacer que otras estrellas hiciesen lo mismo si conseguían burlar la vigilancia del rey.
Se despidió de ellos y volvió al cielo.
Como era tan pequeña, fue colándose entre todas sus compañeras y les fue contando su aventura en la Tierra. Algunas no le hacían caso, la veían como un ser insignificante que nada podría hacer para solucionar su cansancio. Otras, se quedaban pensativas...
Durante el día, cuando el rey descansaba en su palacio, la estrella decidió hacer una reunión. La mayoría temían hacer nada, sabían que si el rey se enteraba las castigaría terriblemente; pero ella fue convenciéndolas, les dijo que no podrían seguir así mucho tiempo, que acabarían extenuadas, que no podían vivir temiendo siempre la furia de un rey que no atendía más que a sí mismo, al que no le importaba nada de lo que a ellas les sucediese. Ella tenía un plan que podría solucionar el problema de los árboles y el de las estrellas.
Tras mucho esfuerzo, consiguió reunir a las estrellas durante el día y hablaron y hablaron. Hablaron de lo mal que se encontraban y de que pronto se les acabaría la fuerza para dar luz si continuaban trabajando tanto. La pequeña estrella les contó su plan. Tenían que enfrentarse al rey, pero era imprescindible que estuviesen todas de acuerdo. Si todas se negaban a levantarse durante la noche, el cielo estaría completamente negro, las constelaciones que formaban las estrellas no se verían desde la Tierra y el rey estallaría de furia. Cuando eso ocurriese podrían obligarlo a que las escuchase y atendiese a sus deseos, permitiéndoles turnarse y accediendo a que muchas de ellas bajasen a la Tierra para darle a los árboles la energía necesaria para dar fruto.
A la noche siguiente, todas las estrellas se negaron a levantarse. El rey, montó en cólera, echaba chispas por los ojos, gruñìa de rabia, insultaba, saltaba... Para asombro del rey, las estrellas permanecieron inmóviles.
Desesperado, éste les preguntó qué les pasaba, qué era lo que querían. Ninguna se atrevía a hablar. La pequeña estrella le dijo al rey que ella hablaría en nombre de todas, que no podían seguir trabajando tanto y que se levantarían si accedía a permitir que hicieran dos turnos y que, en verano, permitiese bajar a la Tierra a todas aquellas que quisieran ser parte de los árboles que no daban fruto.
El rey no se lo podía creer, que una estrellita insignificante se atreviese a hablarle poniéndole condiciones a él, el rey, el más poderoso de la noche; pero qué se había creído aquella mingurria de nada. Montó en su caballo de mar y volvió a enfurecerse terriblemente dando latigazos. Las estrellas se quejaban, pero no se movían. El caballo de mar, amigo de las estrellas, no aguantó más, tiró al rey de su grupa y se tumbó al lado de ellas y tampoco se movió.
Durante una semana el cielo estuvo oscuro, ninguna estrella alumbraba,ni siquiera lanzaba un guiño de luz. El rey estaba desesperado, no sabía qué hacer. Cansado de la situación y temiendo perder el poder que tenía, accedió a las peticiones de las estrellas.
La pequeña estrella bajó con muchas de sus compañeras al bosque de los árboles hermosos al final de cada primavera para darle toda la energía a sus amigos árboles. El caballo las acompañó y siguió su camino hasta el océano, porque ¿qué hacía un único caballo de mar en el cielo?
Desde entonces, cada verano se visten los árboles de cientos de estrellas amarillas que relucen con la luz del sol. Una maravillosas flores estrelladas pueblan las ramas que después se convertirán en frutos que servirán de alimento a los humanos.
Así es como los castaños, grandes amigos de las estrellas, consiguieron dar esos sabrosos frutos que los humanos comemos de muy diversas maneras, crudos, cocidos, asados, en pasteles, en el caldo, en puding, etc.
No olvides cada verano, cuando vayas al bosque, cuando viajes, observar a los hermosos castaños en flor, verás que las estrellas están esparcidas en todas sus ramas. Y en otoño, cuando comas castañas, recuerda siempre que es gracias a la valentía de una estrellla diminuta que sabía pensar. Cuando la mastiques... saborea... déjala estallar en tu boca y que su sabor se esparza por tu paladar...
¿verdad que sabe a estrella?