22 de noviembre de 2009


Me dijeron que te habías perdido y no les creí.


Que tus huellas aún recientes seguían un camino largo, perdido en el horizonte. No les creí.


Que tu casa tenía la puerta cerrada, las persianas echadas y que tu perro se había cansado de ladrar. No les creí.


Me acerqué hasta allí. Vi tu casa cerrada y a tu perro abatido enroscado en el portal. No me lo podía creer.


Te busqué, por cercanías y alrededores, y aún más allá. No podía ser.


En el camino de tu búsqueda alguien comentó que te dirigías al Norte, buscando la estrella que habías extravíado hace ya mucho tiempo. Que la echabas mucho de menos, que te era necesaria, imprescindible para subsistir. Y yo me resistía a creer.


Y volví sobre mis pasos, retomé el mismo camino al revés; por ver si la visión inversa me ofrecía alguna explicación que calmase mi inquietud, alguna justificación en la que no hubiese pensado para entender tu inexplicable partida sin aviso ni despedida.


Y lloré. Por mí. Por ti. Por lo absurdo de la situación. Porque lo que no se entiende y se quiere produce dolor.


Y después me calmé. Porque sigo sin entender, pero ya no quiero hacerlo. Porque tus decisiones son tuyas, no mías. Ni yo ni nadie puede cambiarlas. Tampoco preguntaste nada, ni siquiera te interesó saber si tu decisión afectaba a alguien más.


Y tu Norte sigue en el horizonte, aún no has llegado a él. Y tu estrella extraviada está tan lejana que gastarás la vida tratando de encontrarla. Y mientras está ocurriendo, yo no quiero verlo.


Es muy simple, mudamos de querencias y quereres cuando una parte no lo desea.


Pero lo nuestro no fue nunca una vida común, ni única, ni bilateral siquiera. Nunca pretendió ser más que una buena amistad, sin exclusividades ni continua y constante compañía. Amistad en el mejor de los sentidos, con disfrute, cariño y comprensión. Lástima que tales prendas se te hiciesen tan pesadas de llevar.


Cuando te canses de caminar, házme un favor, busca a alguien con quien te guste estar. Tu soledad ya no puede más.

4 de noviembre de 2009

Gracias por existir.

A Eva.


Porque existes, mi vida tiene sentido. Porque tu risa llega a mis venas y acelera el pulso de mi sangre proporcionándome calor, ese calor que sólo el amor humano puede provocar. Y hoy, sentada aquí, ante el papel virtual, te pienso y te hablo en teclas, las pulso suavemente, como si te acariciase, para que sepas lo mucho que tu contacto, tu presencia, tu mirada, tu dedicación, tu agobio, tu ir y venir, tu nerviosismo, tu enorme cariño y toda tu persona significa para mí.



Porque te quiero profundamente, más que a mi vida, porque tengo mucho que agradecer a la vida por haberme dado el privilegio de ser tu madre.



Algún día descubrirás que tu pequeño caos cotidiano al querer hacer tantas cosas por abrirte camino, por tener una oportunidad de ganarte el sustento, se resuelve queriendo abarcar menos, haciéndolo con un poco más de tranquilidad. Y todo te resultará más llevadero. Pero te entiendo, aunque yo misma me agobie de verte agobiada, porque forma parte de tu ser esa inquietud por todo cuanto te rodea y el deseo de participar en aquellas cosas en las que tu colaboración sea un granito de arena más.

No olvides nunca que tienes todas las cualidades que cualquier persona puede tener. Y las que no tengas las puedes adquirir si así lo deseas. Que nadie es más que tú y nadie es menos que tú. Eso ya lo sabes y lo practicas, aunque algunos no quieran.

Tampoco olvides que siempre estaré a tu lado para apoyarte. No importa de qué asunto se trate.

Y si que si te equivocas en algo, no importa, siempre se puede rectificar si se hace con la honestidad y con la sinceridad adecuadas.



Yo me equivoqué muchas veces y nunca he oído un reproche tuyo, aunque estabas en todo tu derecho de haberlo hecho. Te pido disculpas si antes no te hice saber que ese gesto tuyo lo he valorado desde entonces y lo sigo haciendo.



Quiero que sepas lo importantísima que eres para mí, lo orgullosa que me siento de ti y cómo aprecio todas las cualidades que tienes, incluídas aquellas que aún no has dejado aflorar, pero que están en ti y sabrás sacar en el momento en que las precises. Que valoro en todo lo que vale cada momento que pasamos juntas, cuando te cuento y me cuentas, cuando te ríes y me río o cuando me preguntas mi opinión sobre algo que te preocupa.



Y cuando observo sin que te dés cuenta, la bien delineadas y bonitas líneas de tu cara, veo esos rasgos heredados que asocio con seres que me han transmitido sentimientos de honestidad, de bondad, de cariño y de paz; por eso me gusta tanto mirarte...



Recuerda siempre siempre, que has dado un sentido a mi vida, que has nacido del deseo de tenerte, que todas las noches de semivigilia de tus tres primeros años de vida y todos los pequeños escollos que hemos tenido que salvar juntas, han supuesto una nimiez comparado con todo lo que tú me has dado y todo lo que cada día me das.



No olvides dedicarte cada día una porción de tiempo para ti, tienes derecho a él y te beneficiará mucho más de lo que crees en este instante. Las reflexiones y las dudas se resuelven, mejor o peor, pero se resuelven, cuando no les damos prisas. Y para ello hay que tener tiempo nuestro, exclusivo.



¿Sabes? Eres un ser maravilloso. Eres un ser poético, has nacido con todas las características que empañan la poesía, la sensibilidad, la desbordante imaginación, la innata intuición, el amor por las cosas simples y pequeñas, la observación de los pequeños detalles, el amor, la pasión, la rabia ante la injusticia, la rebeldía y una tremenda alegría por la vida...



Por todo esto, mi niña-mujer, hoy quiero darte las gracias, por estar siempre ahí, haciéndome partícipe de tu vida, ayudándome cuando lo necesito, cuidando de mí, por dejarme disfrutar de tu frecuente presencia y por permitirme ser testigo de tu excelente crecimiento como persona.


Te mereces una buena vida y sé que tú sabes cómo tenerla porque has optado por desechar de tu vida lo accesorio y lo banal, y quedarte con la esencia de lo necesario y auténtico.



Que siempre te acompañe ese AMOR con mayúsculas a lo largo de tu vida.

El más tierno y profundo de mis abrazos para ti.






3 de noviembre de 2009

Aún, indicio de existencia.


Aún te recuerdo entre nieblas

en medio

de casi todo cuanto amabas

mirando

hacia arriba y aún más

donde no alcanzan los pájaros


Aún anidan en mí

tus palabras

y tus gestos y miradas


a veces parece que estés

aquí

a mi lado y ahora

aunque no te toque

aunque no me toques

ni me puedas besar


aún estás en mi memoria

hasta arriba

muy por encima del olvido

del tiempo y de la ausencia


permanecerás ahí

ahí

mientras yo tenga memoria

de mi vida en ti.

28 de septiembre de 2009

Si pudiera.

Si pudiera,
entraría en tu mente
no por simple curiosidad,
sólo para enterderte.

Si pudiera,
ahondaría en tu infancia
y hasta en tu adolescencia,
para indagar
qué mezquinos acontecimientos
provocaron ese terror infantil
que se agarrota en ti.

Si olvidara...,
si olvidara que soy humana,
estrujaría tu cerebro
para que soltase las palabras
y, ya sin ellas,
quedaran al desnudo las emociones,
ésasque te angustian y atenazan,
que te dominan y ordenan,
hasta convertirte
una y otra vez,
en la niña atemorizada,
la adolescente privada
que aún anida en ti.


Si pudiera...,
si pudiera desprenderme
de todas mis miserias,
te construiría una cabaña
donde pudieras soñar
que el ruido del bosque,
lejos de atemorizar
sólo te quiere arrullar
para que en su compañía
puedas ver vida y no soledad.

Mas sabes que no puedo,
aunque yo lo quisiera...

21 de septiembre de 2009




Porque te has diluido,
convertido en humo gris.
Ya ves, sin pretender volar...
¡tu ser ha devenido en gas!
¡Cuán efímero es el querer!,
pues al cambiar de estado,
olvidamos prontamente
en qué estado estábamos,
de qué mano nos agarrábamos
y hasta a quién pertenecía
nuestro amor profesado.
Fue bello, no obstante,
haberte contemplado
con blancura de nube,
aunque no fuese ésta tu identidad.

Fue hermoso creer, más de un instante,
que podría vivirte por siempre

como se viven las grandes hazañas,
las aventuras largamente anheladas.
Contar contigo fue un bello sueño
que yo disfracé de realidad.
(¡Ay, esta manía mía de no aterrizar!)
Ahora este sueño vaga sin dueño,
suspendido en el aire,
etéreo,
leve,
suave

ahumado...
sin saber muy bien a dónde irá.
¡Tampoco siento curiosidad!

4 de agosto de 2009

Contar las risas.



Podría contar, si tuviese la paciencia necesaria, las canas que pueblan mi cabeza.


Me llevaría mucho menos contar los años que hacen que se han instalado en ella.


Aseguran que los disgustos tienen relación directa con su aparición.


En mi caso, la más joven en tener canas de toda la familia, no sé si habrá sido por eso.


Sé que puedo contar muchos momentos de disgusto, muchos ratos de malestar. Muchos momentos de llanto doloroso.


Pero prefiero contar los muchísimos instantes de sonrisa, las risas espontáneas de cualquier ocurrencia pronunciada en mi presencia o imaginada por mi mente o, si me apuro, cualquier lectura errada que convierte un titular o texto cualquiera en una auténtica burrada.


Podría parecer que estoy loca, si alguien me viese por un agujerito, cuando la torpeza de mis ojos enfocan inadecuadamente y veo cosas que no son realidad para los demás, sólo para la imagen distorsionada que mi caprichoso nervio óptico se empeña en enviar al cerebro; como ni yo misma me lo creo, en cuanto percibo el error, me troncho de risa sola.


Y puedo contar también, muchos momentos de risas jóvenes a mi alrededor en las que he participado, por ser lo que son, expresiones de felicidad; momentánea sí, pero felicidad.


Y los juegos, los juegos de risas multiplicadas con mis hijos en su infancia, la risa que me producían sus gestos, sus muecas; las risas compartidas de sus razonamientos, de sus ocurrencias, de sus despistes y de los míos, de sus anécdotas y chistes.


Evoco las risas que ellos han compartido con mi padre, con su abuela paterna, con su tía abuela, con sus tíos, con sus primos pequeños y con los de su edad, con sus amigos y con los vecinos.


Más risas que enfados, más diversión que tristeza


Cuento mis arrugas. Tengo más alrededor de los ojos y en las comisuras de los labios. Justo en los lugares donde la risa nos hace contraer los músculos.


Si en algún momento las lágrimas dejaron surcos en mi rostro, ya se han borrado, la piel, sabiamente, se ha regenerado. Porque sabe lo que nos conviene, lo que es más saludable para nuestro organismo. No hay nada que cure más que la risa auténtica, la que sale de dentro sin planificarla, sin pensarla, sólo dejándola fluir.


Cuento, también, con muchísimos momentos de lo que yo llamo risa interior.
Me refiero a todas las situaciones en la que estando a solas, uno se encuentra a gusto consigo mismo, con lo que está haciendo, con lo que ve, con lo que escucha, con lo que siente... y entonces fluye la risa interior.


Y me encanta contar todas las situaciones en las que las payasadas y ocurrencias propias o ajenas compartidas con mis amistades, con mi familia, me producen ratos inolvidables de risas alegres.


Todos contamos con tiempos duros, durísimos. Con luchas internas, con preocupaciones gigantescas. Pero si usamos la balanza vital y ponemos en cada plato los llantos y las risas, seguramente, si somos honrados, veremos que se inclina más hacia las risas.
Aunque hayamos llorado más que reído.
Es sencillo. Nuestra memoria es prodigiosa, mágica, nos hace recordar lo que nos permite seguir viviendo: la risa como manifestación de bienestar, de alegría.


Y como sigo viva y quiero seguir estándolo, apuesto por la risa, sólo quiero llorar de la risa.


Llantos los justos, risas, todas cuantas seamos capaces de producir.

9 de junio de 2009

UNA NOCHE DISTINTA.


Posiblemente sabéis que corren malos tiempos para el amor, pues cuando la preocupación primordial se centra en la subsistencia pura y dura, en dilucidar qué ingredientes para la comida de hoy estarán tan asequibles que nos permitan comprarlos y que nos espera toda una semana de números y más números para cuadrar el balance del debe y el haber, en ver a qué le podemos quitar para poder en otro lado poner; está claro que no disponemos de tiempo para amar, ni a nosotros mismos ni a los demás. ¡Vamos,cómo para gaitas está el asunto!


Si no lo creéis, leed lo que sigue.


Una noche distinta.


Pareja en el dormitorio, ella haciendo anotaciones en una libreta con aire de honda preocupación. Él sale del baño muy ufano, con una revista de cochazos en la mano. La deja en la mesilla, se acuesta y se aproxima muy cariñoso a ella:


-"Retocemos un ratito está noche, cariñin".


- Sí, claro, cómo si no tuviera toda la mente con sus correspondientes conexiones nerviosas superocupada en cosas bastante más importantes. ¿Tienes alguna idea para poder pagar la maldita calefacción, que por cierto, de seguir así la tendremos que poner hasta en el verano, cuando nos falta más de la mitad del dinero del importe del recibo y de ahí tendremos además que comer...?


- Bueno, todo se arreglará, ya verás como todo se arregla tarde o temprano.


- Sí, sí, pues más vale que sea pronto, porque si se arregla tarde me llevará a mí con los pies por delante, porque ya se me agotaron todas las ideas y trucos hace tiempo.


- ¡Qué exageración! Disfrutas exagerándolo todo.


- ¡Faltaría más! Que los gastos fijos superen los ingresos es una exageración por mi parte. Que si esto sucediese sólo un mes, tendría un relativo arreglo, pero cuando llevamos un año arrastrando deudas del mes anterior al siguiente y así sucesivamente, ya me contarás dónde diablos está la exageración.


- Pues habrá alguna solución, digo yo. No sé..., por ejemplo pedir dinero a una financiera.


-¿Pero tienes idea de los intereses que cobran? ¿Cómo vamos a pagar la altísima mensualidad que adeudaremos a la financiera? Y estos no se andan con chiquitas, que te cobran o te cobran, te persiguen hasta en el infierno, vamos.


- Piensa entonces, algo habrá que podamos hacer.


- Sí, ya, ¿y por qué no piensas tú algo en vez de dejar que todas las soluciones las ponga yo? ¿Sabes que te digo? Que de seguir así ya te estás yendo al Carrefour a comprar pañuelitos de papel para vender en los semáforos.


- Desde luego estás de atar. ¿Cómo voy a ponerme a vender pañuelos de papel en los semáforos? Si además ya no los compra nadie. ¡Era lo que me faltaba!


- Pues ofrécete como acompañante amoroso, me da igual, pero haz algo que suponga traer dinero.


-Decididamente estás ida. No me puedo creer lo que estoy oyendo. No puedo creer que lo digas tú.


- ¿Ah no? ¿Y por qué no me creíste cuando te repetí mil y una veces que no podías ir a tomar el vermouth todos los días, ni quedar a tomar la cervecita con los compañeros del trabajo por las tardes y cuando trajiste el televisor de 42 pulgadas de pantalla plana y móviles para toda la familia, que si me descuido hasta se lo compras al perro?


- Pero si yo no hice más que lo que hacía todo el mundo, lo que constantemente repetían en los medios de c,omunicación, en los servicios técnicos cuando llevabas el televisor a reparar: "No le merece la pena arreglarlo, le va a salir más caro que comprar uno nuevo"...


- Ya, ya... Ya ves en qué dio la cosa. ¿Sabes que te digo? Que la que se va a poner en una esquina soy yo, con un cartel muy grande que diga: "Sin techo por marido incrédulo. Acepto trabajo doméstico a cambio de casa y comida, sin más responsabilidades".


- Pero...¿Cómo vas a hacer eso? ¿Quién va a hacer la comida y atender a los niños y hacer el resto de las cosas que tú haces?
- ¡Me largo!

- ¡Qué bromista eres! Ja jajaja.

- Ríete cuanto quieras, puede que sea la última vez que lo hagas en mucho tiempo. Yo ya he tomado mi decisión.

- Pero... ¿cuaaaaal?

- La de dejarte con todo el mundo publicitario que tanto reverenciaste, con los niños para que tengas en qué entretenerte mientras piensas cómo hacer para salir de este socavón y de paso haces la compra, friegas, pasas la aspiradora, cocinas, limpias el polvo, los cristales y todo lo demás.

- Me voy. Adiós.

(La mujer se levanta y se va. Él queda boquiabierto, tumbado, sin reaccionar.)


-

26 de mayo de 2009

Con otros ojos.


Sigo aprendiendo maneras de ver. Ver con otra edad, ver con otro ímpetu, ver con otra filosofía, ver sin claridad, escrutando en la semioscuridad lo que mis miopes ojos apenas si vislumbran, ver con otra idea, ver con otro sentimiento, incluso con otros intereses. No los perfecciono todos, claro está. Pero algunos ya me salen. ¡Qué curiosa es la forma de aprender! Y hay algo que me intriga enormemente: ¿todo esto que aprendo me servirá para no volver a ver como yo veo? Porque si como yo vi hasta ahora producía equivocaciones, errores, desencantos... ¿el ver con otros ojos me traerá aciertos, encantamientos?

¡Hum! Lo del encantamiento me seduce muchísimo. No sé vosotr@s, pero yo nunca estuve en un palacio encantado, por ejemplo, ni en un jardín encantado. Ya me gustaría, ya. Lo único que me viene a la mente relacionado con encantamiento proviene de los cuentos clásicos y la palabra "encantada" que pronunciamos cuando se nos presenta a alguien desconocido para nosotros. Es curioso que empleemos esta palabra en una presentación personal. ¿Cómo voy a estar "encantada" al presentarme a alguien que no conozco de nada? Estaría encantada si esa persona fuese alguien a quien yo admire muchísimo por el motivo que sea, es decir, de alguien de quien dispongo información anterior pormenorizada; pero ¿de alguien del que ni siquiera he oído hablar en mi vida? Las fórmulas sociales son muy curiosas, ¿no?

Pero siguiendo con lo que estaba, no sé a qué me conducirá el aprender a ver con otros ojos, si a cosechar éxitos o fracasos, dicho de manera coloquial; de momento no he conocido gente nueva lo suficiente como para obtener ningún tipo de resultado, pero al menos he practicado mi mente un poco más, me he esforzado (lo cual ya supone un tipo de ejercicio) y seguramente tropezaré de modo distinto al de otras ocasiones. ¿Quién me dice a mí que este modo distinto no pueda resultar más enriquecedor, o satisfactorio o incluso indoloro? Sí, porque el ver siempre de la misma forma produce dolor, y ese dolor es hacia uno mismo, y contra eso sí tenemos que hacer un esfuerzo para protegernos. Cualquier tipo de dolor es desaconsejable para la salud. Eso al menos debería de rezar en cualquier prospecto farmacéutico. Pero muchas veces nos provocamos el dolor con nuestra forma de ver las cosas. Y no sabemos cómo hacerlo de otro modo. Quizás no se nos ha ocurrido jugar a ser otros, como cuando éramos pequeños y jugábamos a ser indios o vaqueros, mamás o hijos, médicos o pacientes, o como cuando interpretamos un papel en el teatro o nos disfrazamos de otro en el carnaval. Quizás hemos perdido la ductibilidad que da el saber jugar, meterse en el papel, ser ese otro u otra distinto del que la sociedad, la familia y el entorno nos ha empujado a ser.

Sí, puede que se deba a eso.

¿Por qué no probar?


4 de octubre de 2008

Llenando oquedades.



Tiempos de silencio
paseos interiores,
flujos descendientes
surcando oquedades.
llenando recovecos
nunca antes inundados.
Estímulos débiles,
impulsos tenues,
circuitos neuronales
sin conexión
retomando tareas
nunca antes estimuladas.
Y un dejarse ir,
casi un abandonar,
por momentos,
el latido vital
que mueve el estar.
Mas seguimos sintiendo,
seguimos susurrando
en medio del silencio,
apresamos un pensamiento,
aprehendemos los sentimientos,
y volvemos,
paso a paso,
a recibir caricias de luz
que calientan la piel,
que templan la carne
y animan el corazón.
Y entonces nos decimos,
tras ese demorado letargo,
que seguimos el fluir,
que todo es posible,
incluido el revivir.














14 de julio de 2008

Escasea la humildad.





Siempre me han sorprendido las personas que miran por encima del hombro a los demás, esas que se creen muy importantes; y no porque lo sean realmente por haber realizado algo bondadoso para la humanidad, por salvaguardar la naturaleza o el mundo animal; no, simplemente se creen importantes sin más. Parece ser que estar en posesión de ciertos títulos académicos o ejercer determinados puestos de trabajo reconocidos socialmente, da derecho a creerse mejor y superior que los que se dedican a limpiar la basura de nuestros pueblos y ciudades o a los que nos atienden en el supermercado o nos despachan el billete de autobús o la entrada del cine.

Curiosamente, si indagamos en la vida personal de muchas de estas personas que se creen importantes, encontraremos que sus orígenes pertenecen a ese escalafón social que se denomina "familia humilde". Puede que todo se deba a un complejo de inferioridad que no se ha superado; a un, para mi entender, equivocado complejo de inferioridad, porque uno puede sentirse en inferioridad de medios económicos o de conocimientos o de tiempo libre o de tener una u otra profesión respecto de otros, pero nunca sentirse inferior como persona si nos acompaña en el mobiliario cerebral un buen porcentaje de bondad, otro tanto de honestidad y la necesaria humildad para no olvidar quiénes y qué somos, simplemente personas. Porque tener un cierto apellido, un montón de dinero, muchos contactos sociales en los que nos mueven intereses de influencia político-económica y poseer miles de cosas materiales no nos hacen ser superiores como personas. Simplemente podremos ser más o menos afortunados en tener ciertos privilegios sociales que otros no poseen. Y es esta lucha por los privilegios la que motiva que el ser humano se vuelva más egoísta y ambicioso, depredador de la Tierra y destructor de sus propios congéneres, a los que engulle cual amantis religiosa tras alcanzar el éxtasis de poder para ser él y su descendencia directa quienes detenten el poder que les hace ser "importantes".

Me espantan las alfombras rojas que marcan el recorrido desde la limusina del "importante" de turno y de cualquier profesión hasta el recinto en que se le espera con todos los honores. Bajo esas alfombras se ocultan la mayoría de las ignominias humanas, como cuando escondemos el polvo debajo de la alfombra de la sala en lugar de recogerlo y llevarlo a la basura.

Me producen alergia los lujos desmesurados, tales como una bañera o un coche de oro. No entiendo que nadie necesite eso para bañarse o desplazarse. ¿Qué mueve a alguien a querer eso? Simplemente provocar envidia en los demás, sentirse admirado por lo que puede hacer con su dinero.

Me causa admiración el que con su dinero genera puestos de trabajo para que los demás puedan vivir, tener una casa, comer, vestir; el que ayuda a que otros, de muy diversas maneras: servicios sociales, médicos, voluntariado de todo tipo, etc., puedan conseguir una calidad de vida digna, Pero, a los que malgastan la riqueza generada, (muchas veces a costa de la extrema pobreza de otros), en estos lujos incomprensibles..., no los entiendo.

Aunque hay muchos otros que no van en limusina, su poder no ha alcanzado aún esas cotas, ni poseen propiedades consideradas valiosas, ni un puestazo de millones al mes y se creen, por tener cuatro cosas, superiores a los demás.

Y, curiosamente, vuelvo al significado de "origen humilde" para enfrentarlo al significado de "humildad", porque para mí ser de origen humilde significa pertenecer a una familia con escasos recursos ecónomicos; es decir, aquellos que no poseen un colchón en el banco para la época de la vacas flacas, vivir como mucho mes a mes (estoy pensando que en la actualidad una inmensa mayoría estaríamos en este caso). Pero "La Humildad" es algo mucho más complejo, es algo que se mama desde el nacimiento y que nada tiene que ver con el sometimiento a las jerarquías o jefes, ni con ser conformista con todo lo que nos quieran mangonear o manipular; no, tener sentido de la humildad es saber reconocer las equivocaciones, aceptar otras formas de ser distintas a las propias, escuchar opiniones ajenas con respeto y atención porque son dadas por un igual, una persona con la que podré estar o no de acuerdo y con la que puedo discutir, debatir o rebatir, pero que es un igual independientemente de su procedencia, de su puesto de trabajo o de su apellido, y, por supuesto, es no avasallar a los demás.

A menudo me tropiezo con gente que mira por encima del hombro a los demás. A menudo me tropiezo con gente carente del sentido de HUMILDAD. Y me da mucha rabia y mucha pena. No lo puedo evitar.

Mis padres tenían muchos defectos como humanos que fueron, pero creo que sí me enseñaron, sobre todo mi madre, el sentido de la palabra humildad.










9 de mayo de 2008

Al final... gracias mil.



El alma deshilachada.

Jirones que penden de hilos.


Palabras que duelen.


Mis verdades pronunciadas.


Mil heridas reabiertas.


Momentos infelices.


Instantes durísimos.


Llantos acongojados.


Temblores del corazón.


Inquietud del pensamiento.


Mil y una ideas agolpadas.


La sensación de hacer lo correcto.


El miedo a equivocarse.


El temor a la soledad.


El camino a emprender, en soledad.


De nuevo empezar.


Doy prisa al tiempo.


Querría saltar por encima de mí.


Por encima de todo.


Querría no pensar.


Tal vez ni sentir.


¡Qué difícil se hace terminar! ¿Cómo no recordar los momentos plenos, las ternuras dejadas en la piel, las caricias que tus escasas palabras representaban para mis sentidos? ¿Cómo olvidar la serenidad de tu arena blanca cuando inquieta recalé en tu playa? ¿Y lo suave brisa que acarició mi rostro de nuevas ternuras y puso alas a mis deseos y alegría a mi sentir? ¿ Y la ilusión de un nuevo comenzar?


No voy a olvidar nada de todo esto. Lo viví plenamente, le puse todo el empeño y el corazón. No usé mi razón. No quise hacerle caso. No estuve ciega, simplemente aposté.


No me arrepiento. La ilusión deseada tiene un gran valor.


Voy a olvidar los momentos flojos, los que no me gustaban, los que me angustiaban o enfadaban. Ya no los recuerdo.


Es sólo que se acabó. El límite estaba aquí, justo aquí, en este preciso instante en que me dije "se acabó", así no puedo seguir.


Pero doy las gracias por lo recibido, por haberte tenido tan cerca, por habeme calado tan hondo, por haberte amado tanto, por haber visto sólo lo que deseé ver.


Gracias por todo. Te deseo lo mejor, lo mejor para ti.


Un gran beso de despedida... y un abrazo especial.









26 de abril de 2008

Tras el silencio.



Se me ha impuesto el silencio. Por más recursos que he urdido, por muchas teclas que he pulsado, por muchos momentos en que he pensado..., nada me ha servido. El silencio se hizo dueño de este blog en el que sólo soy un mísero títere sin ninguna autonomía al que maneja cómo y dónde le viene en gana.


No es cuestión de capricho, lo prometo; tampoco es cuestión de vagancia, lo aseguro; mucho menos de pereza, casi lo juro si no fuese que está feo. Es sólo que lo que me apetecía decir me atañía sólo a mí y no deja de ser una faena para los que leen. También es verdad que no estaba muy lúcida yo para andar buscando temas de interés más social o sobre los que se pudiese opinar con cierta facilidad.


En "redimidas" cuentas, que mi cabeza estaba agotada, mi cuerpo iba a la par y... este ha sido el resultado: DON SILENCIO HA DOMINADO.


Pero fue un silencio sólo exterior. Mi cabeza siguió dándole vueltas a las palabras, ellas que son mi inseparable compañía y ¡ay! del día en que me falten, ¿que será de mí?


No prometo nada, no sé si este pequeño paréntesis en el silencio no será el preámbulo de un abandono. Hace un tiempo que creo que no debo seguir teniendo un blog. Será que ya le llegó la hora de acabar, como a tantas cosas en la vida. Se han cerrado muchos de los que yo visitaba casi a diario. Me dio mucha pena, pero todo tiene un fin y hay que respetar las decisiones ajenas aunque nos parezca que es como si un amigo nos cerrase las puertas de su casa porque se ha mudado al otro extremo del mundo.


Estoy en época de finales, por lo que se ve. Así es que quizás a esto le haya llegado también su hora de finalizar.


Los más allegados deduciréis fácilmente el porqué digo esto. Al resto, quizá les deba una pequeña explicación. Digamos que mi salud requiere que replantee cómo va a ser mi vida, qué cosas puedo seguir haciendo y qué cosas no, que debo reeducarme, que si no quiero padecer debo aprender a hacer las cosas de manera muy diferente y prestarme atención. Pero me había embarcado en un sueño al que no le quise ver los inconvenientes y que requiere una salud fuerte, muchas ganas y un buen presupuesto; amén de ser un sueño compartido, que atañía a dos y ahora sólo me atañe a mí. Entenderéis ahora por qué digo que es época de finales. Se acabó mi fortaleza, mi sueño y mi relación. Época de finales y de reflexiones, de coger fuerza donde quedan pocas, época de volver a empezar, pero con premisas mal formuladas.


Total, un cierto regusto amargo es lo que tengo en estos momentos, pero no desfallezco. Intento alargar plazos para no tomar decisiones precipitadas. Intento coger fuerzas para no agotarme en el intento.


Sigo hablando conmigo misma, en silencio con vosotr@s; continúo pensándoos, sigo estando disponible, pero ralentizada, he reducido la marcha al menos un 50 por ciento. Me canso de pensar y me evado en nimiedades, en las cosas que seguramente los otros consideran tontas, estúpidas o absurdas, pero que yo intento disfrutar al máximo porque me gustan, porque me permiten descansar el pensamiento. Puedo pasarme minutos contemplando una diminuta flor que ha nacido silvestre en medio del trozo de hierba que tengo o mirando la forma que tienen las nubes, o siguiendo el recorrido de la fila de hormigas que invaden mi casa intentando averiguar dónde tendrán su colosal madriguera (¡a juzgar por la cantidad que hay deben haber cogido la madriguera de una familia de conejos en vez de tener hormiguero!), o simplemente contemplar cómo anochece, los cambios de luz que se producen, la sensación térmica que se va experimentando en esos momentos y que tanto me afecta últimamente. Es como si necesitase ir reconcilándome con todo lo que me rodea, como si hubiese estado enfadada con todo o demasiado ocupada y ahora dispusiese del tiempo para darle más valor del que ya tenían para mí. Quiero y necesito ver el lado amable de todo cuanto existe en mi entorno inmediato. Me siento más amable yo también porque no tengo el agobio de correr para todos lados.


Y... bueno, sigo el proceso. No sé cuánto me llevará. Quizás un poco más de lo que creí, pero sé que saldré más tranquila, con más alegría y, quiero creer que, también, con más comprensión.


Debo añadir, un GRACIAS ENORME a tod@s l@s que os habéis preocupado y ocupado de mí y que continuáis haciéndolo de una u otra manera, vuestro sentimiento de amistad es infinito y verdadero.


3 de febrero de 2008

Una tarde estupenda.




Hay tardes estupendas en las que una no hace nada especial, nada extraordinario, pero que satisfacen, que se terminan con la sensación de tiempo lleno, muy bien empleado, tiempo compartido en el que lo importante es lo que se habla, cómo se habla, la disposición de ánimo al hacerlo, la total escucha del otro, el interés mutuo por lo que piensa el otro, por lo que tiene que contar, por lo que desea compartir contigo, por lo que recuerda de sí en los momentos en los que está contigo, lo que sugiere tu presencia, o tu momento vital, o tu circunstancia...


Y en esas tardes el tiempo pasa de un modo especial, transcurre, pero deslizándose en los gestos, deteniéndose en las miradas, iluminando los rostros, adivinando palabras, presintiendo emociones, sugiriendo olores...

¡Y ese tiempo es el mejor de los tiempos! Confesarse a uno mismo ante otro para conocerse más, para seguir caminando sabiendo qué paso se da, confiando momentos de otro tiempo y de otro lugar; quizás incluso, de lo que se fue y no se será más.


He pasado una tarde estupenda, se me nota ¿verdad?




10 de enero de 2008

Ella es así.




Para ti, que esperabas un poema y no vino la inspiración.

Tiene la cabeza poblada de rizos, todos distintos, medianos, pequeños, los más largos tocan sus hombros, los más cortos le rodean la cara; todos, ocultan sus orejas; los de atrás, se mueven con su andar.

Y en cada uno
anida,
al azar,
diferentes
maneras
de soñar
la realidad.

Los más rubios, pertenecen, sin duda, a los pensamientos claros.
Los más cerrados, a sus ansias de devenirse en caracola,
en un continuo fluir, que diría Heráclito si no recuerdo mal,
cerca del mar, oyendo su incansable ir y venir, pero a resguardo.
Los más abiertos, constituyen su faceta social, parlanchina, risueña,
atenta a lo que sucede a su alrededor, pendiente de las miradas, de los gestos de los demás, de escuchar entre líneas los pensamientos que no se dicen y adivinar lo que les está ocurriendo. Son sus rizos intuitivos.
Después están los acaracolados, en ellos destellean la inteligencia, la humanidad y la capacidad de saber ser.
En sus ojos, vivaces, despiertos, con cierto aire de ensoñación, de aguas verdosas, musgosas; dos humedales en los que entran todas las tonalidades de los ojos ajenos y que se tornan en pequeños espejos cuando intentamos penetrar en ellos; se traslucen irisaciones de recuerdos dolorosos aprehendidos en el corazón que la mente no logra erradicar y recuerdos alegres que auxilian su mirada y su pensar en la búsqueda de un nuevo andar.
Camina rápido, se escabulle, díriase que lleva alas escondidas entre las ropas.
Si se encierra en su caracola, no hay manera de pillarla, es como un correcaminos sobre pista de hielo. Si está en su faceta visible, se detiene en los gestos, sonríe con afecto y escucha o pregunta con interés de amigo y generosidad.
Contagia su alegría cuando con su carcajada percibes cómo se ríen sus ojos, esos verdosos humedales que se empapan de imágenes divertidas, jocosas, propias o ajenas.
Lectora empedernida, devora palabras y más palabras que acumula en su cerebro y sintetiza pasmosamente en cuatro ideas con diáfana claridad. Entiende lo difícil, le resulta sencillo. Adora la pulcritud. Necesita el orden en las cosas, todo tiene sitio donde estar. Sabe amar. Sabe dar con amplia generosidad. Defiende sus ideas y valores, apuesta por ellos, y se juega lo que tenga que jugarse si considera que algo es injusto o abusivo o raya en la necedad.
De sus actos se desprende nobleza, entereza y el querer saber hacer.
Navega entre dos mareas a las que no puede amar más; los motores de sus alas a ras del mar, su origen de vida y la vida a la que dio origen espumadas en su remontar.

Ella es así, y aún será mucho más...

La admiro, la respeto, la quiero y tengo la suerte de estar unida a ella por la amistad.

29 de octubre de 2007

Cual volutas de humo.



Para ti, Ma petite amie.




Como
v
o
l
u
t
a
s de humo entrelazadas
que cambian de forma en su ascenso
resuelven convertirse en capas
semitransparentes y perderse olvidadas
en el techo de tus sueños
para
definitivamente fundirse
en el enrarecido aire del ocaso
hasta que... huidizas
encuentran un resquicio abierto
por el que filtrarse lentamente
y acabar sin saber cómo
siendo de nuevo aire no expirado ni viciado
sino claro y nítido en la luz
que la mañana trae
envuelta en deseos y nostalgias
de perdidos recuerdos rezagados por ausencias
prendidas en olvidos forzados.


Y nos maravillamos de su magia
de su recorrido envolvente
buscamos razonar el porqué
de sus espirales algodonosas y tenues
y nos contagiamos de su libertad aparente
y cabalgamos con ellas
a la búsqueda del reencuentro que nos renazca
que nos libre de toda culpa...

¡Son tan simples!
¡Tan llenas de contenido y tan vacías a la vez!
¡Cuántas horas entretejidas en la misma espiral!
Todo lo saben
en todo pueden entrar
sin pedir permiso
se instalan en cualquier lugar.

Divinas palabras
mudas para los demás
divinas palabras
aún sin pronunciar
que en el pensamiento
no cesan de gritar
ahuyentando así los miedos
de la propia soledad.

13 de septiembre de 2007

El despropósito del propósito.


Tenía el propósito de escribir algo cortito para relatar mis peripecias de estos primeros días de setiembre a propósito de la preparación para el traslado a mi nueva casa.
Había pensado intentar algo entre jocoso y divertido contando las diferentes averías que mi cuerpo, mis manos y mis uñas han sufrido haciendo tareas propias de profesiones ajenas a la mía y de las que no tengo mucha idea, de lo patosa que soy por andar a 100 por hora, por actuar con rapidez cuando no hay que tenerla, etc., Lo siento, pero no me sale. Hoy no soy capaz de lograr un tono distendido, alegre, burlón incluso. Se me ha encogido el corazón y mi lagrimal se ha desbordado. Me han comunicado un suceso que no me permite estar contenta, muy al contrario. Y siempre me ocurre lo mismo cuando esto sucede, primero me entran unas ganas de llorar espantosas porque no puedo dejar de ponerme en la situación de las personas a las que les sucede eso; después, me imagino cómo me sentiría yo si me hubiese tocado directamente; y, por último, me entra una rabia repleta de impotencia y un montón de preguntas sin respuesta agolpadas en la mente que giran en espiral una y otra vez.
¿Cómo se acepta, se entiende, se asimila, se explica la muerte de una criatura de tres años tras un año de operaciones, pruebas, quimioterapia y demás? ¿Hay alguien que pueda dar una respuesta? ¿Hay alguna explicación posible para el sufrimiento gratuito y de fatal desenlace para una criatura?
¡No sabéis cómo envidio a los creyentes de cualquier credo en situaciones como esta! El consuelo del paraíso eterno ayuda a minimizar el dolor, supongo.

1 de septiembre de 2007

¡Qué follón de verano!


Tengo una "pepita grilla" que me apura para que deje de hacer la vaga y escriba un post, parece que el último que hice traslada demasiado a la tristeza y tiene toda la razón del mundo. Perdón, recibo noticia de otra "pepita grilla" que también me apura.

Así es que, me pongo las pilas porque se me avecinan días de mucho trajeteo y probablemente esté algún tiempo sin poder escribir. El motivo del trajín es que me cambio de casa (a una casa, ¡al fin!)y aún tengo muchas cosas por hacer antes del traslado. Una vez efectuado éste, ya no quiero ni pensar en la colocación de todos los bártulos que vamos acumulando a lo largo de esta efímera vida. Más de una vez he leído datos sobre que si colocásemos encadenados diferentes elementos de mínimo tamaño pero muy abundantes, rodearían el díametro del planeta Tierra un par de veces. Del mismo modo pienso que si colocásemos en fila todos los objetos, cacharros, enseres, ropa, libros, etc. que tenemos en cada una de nuestras casas, a buen seguro que dejaríamos el planeta recubierto con abrigo de mil capas y aumentaría su volumen en una proporción considerable.

Por mucho que despotriquemos sobre lo material de nuestra sociedad, estamos inmersos en ella y seguimos, de una u otra manera, sus pautas. Conste en acta que ya hace unos cuantos años que he empezado a desechar cantidad de cosas que no me hacen ninguna falta, sólo para limpiar el polvo que se acumula en ellas y, decididamente, no estoy por la labor.

Es cierto que unimos nuestros sentimientos a cantidad de objetos que parecen acompañarnos a través de los años y de los sueños, pero hay que saber desprenderse a tiempo de recuerdos que sólo nos hacen sentir tristes o recordar a seres que ya no están y a los que hemos querido; o, simplemente, darle una utilidad distinta a aquello que ya no nos proporciona placer o no podemos usar. No, no creáis que me he vuelto majara, ni que soy desagradecida con las personas que me han regalado cosas y ahora no las quiero; no se trata de eso. Simplemente es no acumular más de lo que se necesita en todo el amplio sentido de la palabra. Es decir, necesito mirar este cuadro de vez en cuando porque me gusta, entonces lo necesito. Estos pantalones no me sirven desde hace cuatro años... ¿y si adelgazo y me sirven?, no los necesito ahora, a otra persona le pueden servir. Esta colecciòn de minerales que hizo mi hijo de pequeño y que no se ha llevado,¿la guardo porque la necesito metida en una caja en el trastero?, no la necesito.

Y podríamos seguir así enumerando cientos de ejemplos. Y muchas de las cosas que tenemos y nos ha hecho mucha ilusión tener, puede que siembren la misma ilusión a alguna persona a la que lleguen después de haber sido nuestras, porque todos (o casi todos) hemos empezado por tener pocas cosas y no podíamos comprarnos un adorno o una figura que nos gustase, ¿por qué no proporcionar ese placer a otros si uno ya no las necesita para sentirse a gusto?

Cada vez me cuesta menos desprenderme de las cosas. No me gustan mis paredes desnudas, pero a veces un simple dibujo infantil hecho con cariño la llena tanto como el cuadro de un pintor famoso; o una simple salamandra de lata pintada con colores alegres me produce esa chispa de alegría que una necesita cuando ha tenido un mal día.

Divago, perdonad. En realidad quería contaros un poco de mi verano, pero creo que no merece mucho la pena, pues los asuntos de papeleos y llamadas telefónicas que suponen vender y comprar una propiedad inmobiliaria no son nada interesantes, más bien lo contrario.

Pero no todo han sido sinsabores burocráticos. También he hecho dos viajecitos, uno para ver a mi hijo y otra a tierras gaditanas, éste último en plan relax total: playa, paseos, pueblos, niños, adultos, gente, paisajes, MAR, olas, casitas blancas, cielo azul, calor, chiringuitos, sombrillas, y... carretera, mucha carretera, ¡qué calor!

Tuve visitas en casa con las que me he encontrado muy a gusto y ha venido también "ma petite amie" a conocer estos lares. Siento no haber tenido la cabeza más desocupada para atenderla mejor, pero me ha encantado tenerla porque es una persona muy especial con la que espero compartir muchos momentos más. Y hemos pasado un día estupendo en "la casa del mar" con la genial familia "V+V+E", siempre tan generosas con lo que tienen y con las que es imposible aburrirte. Deseo que el nivel del mar no aumente, como dicen las predicciones, porque si esa casa desaparece, a mí me va a dar algo. (Lo siento V, pero yo no quiero que a tu madre le dé el canguelo y la venda, opino como tu hija, hay que conservarla).


Y me voy ya, que me pongo pesada y no es cuestión. Intentaré inspirarme más en breve y soltar algo que resulte más interesante para tod@s.

9 de julio de 2007

Quince primaveras... para el abuso sexual.



Helena, autora del blog "Hablando se hace camino", hace eco de una propuesta de otro bloguero, Víctor Solano (Lind5), sobre los abusos sexuales a menores. He prometido escribir un post al respecto, aunque ya he tratado el tema del maltrato a menores en otro post, solidarizándome con el asunto y para alertar a l@s que lo lean sobre los posibles síntomas que l@s niñ@s víctimas de ellos pueden mostrar. Como Helena ya ha dado en su post una extensa larga sobre esos síntomas o manifestaciones, yo me limito a contaros una historia, muy triste y cruel, pero tan real como la vida misma.


En memoria de ella y de sus quince primaveras.


Su vida era de apariencia normal. Asistía a la escuela diariamente, como cualquier niña de su edad. Jugaba con todos y era querida por sus compañer@s. Su rostro era dulce, de ojos claros y mirada de honestidad. Tenía un cuerpo delgado, esbelto y agraciado. Su figura inspiraba a la ternura.


No destacaba en nada relacionado con lo académico, mostraba cierta dificultad... Parecía despierta, desenvuelta, se movía con agilidad, pero a la hora del estudio, no se podía centrar.

Durante el invierno parecía mejorar, entendía las cosas, se aplicaba más, se felicitaba su progreso, un atisbo de luminosidad...


Sus profesor@s se animaban, podría llegar, sacar su título de graduado, quizás aprender un oficio, poder trabajar. Y, al acercarse La Navidad, todo parecía volver atrás. Su mente se confundía, olvidaba lo aprendido, su letra mostraba inseguridad, su mirada se volvía inquieta y su cuerpo no podía parar. Un extraño nerviosismo se apoderaba de su cuerpo, de su mirada, de todo cuanto hacía y su cabeza vagaba ajena a lo que sucedía a su alrededor. ¿Será la preadolescencia? ¿Será la pubertad? ¿Por qué es tan evidente que se altera sin motivo aparente y no se puede centrar?


De sus labios no salía una palabra que lo pudiera explicar. Nadie sabía lo que podía por su cabeza pasar...


Y pasó la Navidad. De nuevo, tras unos días, su mente parecía volver a funcionar. ¡Qué raro! ¿Ya no está en la pubertad? ¿En unos días se puede ésta pasar? La familia no sabía. Es que le gustaba mucho jugar, casi siempre fue así, para adelante y para atrás.


Se aproximaba el verano. Un último esfuerzo final. Malos tiempos para estudiar. Se repite la historia. Puro nervio en tensión. Y cada día peor. La profesora pregunta, intenta indagar qué es lo que pasa por esa cabecita que tantas vueltas da... La niña, doce años, abre los labios para hablar. Te cuento una cosa si me prometes, profe, que a nadie se lo contarás. Te lo prometo, hija, no lo voy a contar. Tengo un tío en el extranjero que viene a mi casa cada tres o cuatro meses y desde los siete años me viola siempre que está. No se lo he dicho a nadie porque me tiene amenazada. Ahora que ya sé lo que ha hecho conmigo tengo miedo también por mi hermana que tiene siete años y en la que ya se empezó a fijar.


La profesora no cumplió su promesa, no guardó su secreto, y así se lo hizo saber. Esto sí era una cosa que había que contar, a sus padres y autoridades y a todo el que la quisiera escuchar.

Lloraba la criatura, de vergüenza y de temor por lo que podría pasar.

Siempre sienten vergüenza los que son humillados y no los que humillan y ultrajan, corrompen y destruyen. ¡Qué barbaridad!


El individuo abusador no volvió a poner los pies en terreno español.

La niña creció y se convirtió en una preciosa adolescente, mucho más sana de lo que cabría esperar; con su tremenda carga a cuestas, pero sin crisis de ansiedad, sin temor de ser violada, mostrando, a pesar de todo, su enorme bondad.

Acabó sus estudios, obtuvo el graduado un año despúes de la consabida y reglamentaria edad. En FP se iba a matricular. Todo un verano por delante para al fin, disfrutar en paz, con alegría, como corresponde a cualquiera con su edad.


Y un esplendoroso día de verano, su primo estrena moto y la lleva a pasear. Preciosos recién cumplidos quince años que la niña va a estrenar. Dicharachera y alegre, la sonrisa abierta al viento y su pelo a ondear, abrazada a la cintura de aquel primo de casi su misma edad. Un giro en la curva, no sé la velocidad, derrapan y se empotran contra un árbol del final. Sale despedido su cuerpo y... ya no sonreirá más. No volvió a despertar.


Injusticias de la vida cuando empezaba a olvidar, cuando la alegría asomaba en cada poro de su piel y la risa afloraba alegre en su boca de miel.


Maldita sea la estirpe del tio abusador. Miles de gusanos corroan su órganos antes de que la dulce muerte se acuerde de él.


Perdonad si me muestro cruel, no lo puedo remediar.

25 de junio de 2007

Ser otra sin olvidar, vivir




Más de un mes sin escribir, sin comunicarme con la blogosfera, sólo leyendo blogs conocidos. Tampoco es mucho, ¿no? Nadie me ha echado en falta, señal inconfundible de que nadie es insustituible. Y eso está muy bien.

Pero no, no por ello voy a dejar el blog, al menos de momento. De vez en cuando necesito escribir lo que me ocurre o lo que pienso a pesar de que las complicaciones de la vida cotidiana me impidan disponer del tiempo necesario para ponerme a ello, o, en todo caso, de la pausa inherente que supone el escribir en medio de las ocupaciones. Ya sabéis que no soy dueña de mi tiempo, se me escapa como agua atrapada en las manos... ¡Ay, cómo añoro aquellos años en que mi noción del tiempo era otra y éste permanecía a mi lado como fiel compañero, dejándome apreciar en todo su valor cada segundo transcurrido con la permanencia de minutos e incluso horas!

Pero hoy vengo aquí decidida a hacer otra cosa, a escribir sobre otras personas, personas que se han cruzado en mi camino o yo en el suyo y me hicieron sentir cosas, con las que me he reído, compartido cafés, meriendas, celebraciones infantiles, asuntos profesionales, personales, afectivos y mundanos.

Sí, personas que, si echamos la vista atrás, conocemos desde hace tantos años que casi nos echamos a temblar: "¡Leches!, taaaaaanto ya! ¿Soy taaan mayor?" Pues sí. Lo soy, lo confieso. Pero a lo que iba, que como siempre, me voy por las ramas.

Hoy dedico este post a mi amiga C, una persona especial con la que he compartido muchos años de profesión, de amistad, de respeto mutuo y de cariño. Mañana se despide de esta profesión nuestra, tan gratificante a veces y tan difícil las más de ellas. No sé exactamente cuántos lleva ella, pero aproximadamente unos cuarenta, si no los pasa. No sé qué pensaréis vosotros, pero yo, pienso, humildemente, que cuarenta años haciendo lo mismo marcan a una persona por mucha personalidad que tenga. O sea, que aunque quieras disimular a qué te dedicas, se te nota a kilómetros de distancia. Y este es su caso. Su figura responde a la perfección al modelo de su profesión.

¿Que cómo es?- os estaréis preguntanto. Os la describo ahora mismo:

Morena, de cara redondeada pero sin un ápice de carne en las mejillas, de ojos grandes, curiosos y cansados de tanto corregir cuadernos con faltas de ortografía, un poco apagados por el uso de las siempre metálicas gafas tras las que ocultan su brillo natural y que recoloca de vez en cuando sobre la estrecha y recta nariz; de ligerísimo y firme caminar, con la desenvoltura de quien sabe siempre a dónde va, a pesar de que sus huesos se resientan del exceso de humedad, de las forzadas e inadecuadas posturas de tantos años dedicada a la corrección y al tamaño de los pequeños pupitres.

Ignoro la talla de su ropa, pero podría pasar por la de una chica rozando la anorexia. Su cuerpo parece no resistir un día de ligero temporal sin peligro de que lo arrastre cual hoja seca en otoño ante un repentino golpe de viento. Sus gestos, sus andares, tienen cierto aire de femineidad. Sus manos son fuertes y ágiles, acostumbradas a trabajar en labores que requieren convicción y suavidad, que sirven tanto para cocinar como para realizar una perfecta y simétrica letra, tocar el piano o pintar. La música y los niños son sus pasiones.

Hace veinte años empezó a saber reír con ganas, se desprendió de un terrible lastre con el cargó durante 16 o 17 años. Nunca fue afortunada en el amor, mas siempre conservó un atisbo de búsqueda, una curiosidad por entablar, en la discreción, una posible relación que la resarciese de su primera y única experiencia amorosa. En su interior habita una mujer con mucho que ofrecer y poco que pedir. Pero estas premisas no resultan premiadas. Sus quehaceres cotidianos, durante muchos años, han sido sus maravillos hijos y más tarde su madre, a la que tuvo que cuidar a pesar de no adorarse mutuamente, porque... ya se sabe, donde hay hijas no existen hijos que colaboren en el cuidado de una madre.

Ciertamente, colocando en una balanza, es obvio que merecía una buena recompensa, que la vida se explayase con ella, que le regalase una duradera sonrisa para resarcir sus antiguas angustias, su total dedicación, su renuncia a una vida propia. Y no ha sido así. La puñetera vida le ha dado el tajazo más duro que una madre puede soportar: le arrancó a su hijo, al pequeño, al más débil y sensible de los tres.

Desde entonces, su sonrisa se ha convertido en una burda mueca imitadora, su mirada se ha teñido de tristeza, sus pasos se han vuelto cansados, inseguros y han perdido velocidad. Sus manos, seguras, ligeras, se han vuelto temblorosas, como si el viento las agitase levemente y no supiese qué hacer con ellas, como si estuviesen de más. Su ya pequeño cuerpo se ha ido debilitando hasta convertirse en un esqueleto con piel adherida y poco más. Sus ganas de hacer cosas ha ido mermando hasta acabar envuelta en un caparazón aconchado que sólo muestra, a través de una telilla, una parte de sí misma...

Y ha vuelto a intentar volver a sentir algo más que dolor. Ha deseado poder acariciar el amor, tranquilamente, de cuando en cuando, en la distancia, en la cercanía que dan unos días de asueto, en la intimidad que otorga la discreción y el saber hacer, sin alardes, sin trampas, con honestidad. Y la vida, le ha vuelto a fallar.

Sus fuerzas, inexplicables, increíbles, admirables, le han dado un giro de 180º a la vida que llevaba: ha cogido sus pertenencias, ha vendido su casa y se ha mudado de lugar. Porque aún le quedan cosas por ver, por soñar, por experimentar, disfrutar y por hacer.

Probablemente conserve su concha-caparazón, para que eso que damos en llamar "amor" no la vuelva a dañar.

Y tal vez, mirando al mar, sus tempestades internas conformen un halo de tranquilidad, de paz, risueñando hermosos momentos guardados en el centro de su memoria, en medio de su corazón y presagiando otros que sentirá con inusitada alegría y renovada libertad.


A ti,
amiga,
a ti,
por comenzar a ser
lo que nunca fuiste,
por soñar lo que nunca
fue por ti soñado,
por mirar todo cuanto abarca
tu nueva mirada:
un brindis chispeante
de burbujas mágicas
que llenen tus ojos
de alegría inesperada.
tus ligeras manos
de ternuras olvidadas,
tu pecho
de gozo renovado
y tus oídos
de palabras nunca antes
por ti escuchadas.
Brindo por tu nueva vida,
por tu nuevo empeño
en renacer de las cenizas
cual ave fénix herido
que emprende vuelo hacia el sol
para extasiarse
en la contemplación
del más bello de los espectáculos:
el nacimiento de un nuevo día y
en la belleza y sosiego del ocaso.










20 de mayo de 2007

Una carta manuscrita y una postal.


He recibido una postal, una preciosa postal de la tour Eiffel. La persona que me la envió, ha hecho un alto en su atareado viaje, en las mil y una imágenes que su retina trató de aprehender, en todas las diferencias del entorno conocido y habitual con este nuevo que se le presentaba y, en medio de todo el conglomerado de novedades y de palabras en francés, ha pensado en mí para dedicarme unos minutos de su entretenido tiempo para comprar y escribirme una postal. Es mi más joven amiga. Y si todos sabemos que la juventud promete, ésta en particular, promete mucho.


También recibí una carta. Extraño envío en estos tiempos, ¿verdad? ¿Quién escribe cartas hoy? El teléfono y este medio en el que escribo han sustituido a las cartas manuscritas. Y yo lo uso, pero el encanto de una carta manuscrita, para mí, no puede ser superada por una enviada a través de email. ¡Cuántas cosas expresa una carta manuscrita! :


El preciosismo inicial que nos empeñamos en transcribir cuando la empezamos, con la letra lo más perfecta posible, sin salirnos de los márgenes, toda del mismo tamaño. El orden que le vamos dando a los pensamientos antes de escribirlos, la búsqueda de las palabras que creemos más adecuadas para decir lo que deseamos, el orden de prioridades que le damos a los diferentes asuntos que queremos tratar, la colocación de los signos de puntuación adecuados, el tono mismo de la carta según a quien vaya dirigida, el deterioro de la letra cuando ya se nos va cansando la mano, la dismuinución en el tamaño de la misma cuando no queremos empezar otro folio y no nos cabe lo que aún nos falta por decir; y, finalmente, cuando ya la creemos terminada, añadimos una posdata en un margen o en los dos, porque nuestro pensamiento había olvidado algo realmente importante. Por último, la firma va en un lugar que no le corresponde. Por no decir las anotaciones que a veces se ponen en el mismo sobre si alguna novedad ocurre una vez cerrada ya. ¡Se saben tantas cosas a través de una carta sin tener que leer el contenido!


Volviendo a la carta, una sorpresa que no esperaba, también su contenido lo fue, porque se depositaba en ella pensamientos que nadie compartía hasta ese momento en que su autora los escribió para mí. También era de una amiga, de una muy buena amiga, de esas personas rarísimas que hay en el mundo que dan sin esperar nada a cambio, cuya generosidad es algo innato, que de su debilidad sacan fortaleza de guerrero y que poseen un alto sentido de la justicia con la sensibilidad necesaria para distinguir lo criticable de lo que no lo es y lo superfluo de lo importante.


Y, precisamente porque para ella era importante lo que le estaba sucediendo, me confió su disgusto ante la incomprensión, el disgusto de que no se comprendiese su forma de ser y estar tras un profundo bache del que aún guarda un "honroso luto".


Como casi nunca me quedo en el primer pensamiento que me viene según oigo o leo algo, también he hecho mi reflexión sobre el tema en cuestión y lo traslado a otras situaciones personales en las que los cambios efectuados en personas próximas afectivamente me hicieron reaccionar de uno u otro modo. Es decir, si cuando alguien experimenta un cambio notable en su forma de estar y ser, aceptamos sin más ese cambio o nos dedicamos a pinchar para que reaccione y vuelva a ser lo que era.


Casi nada, el tema daría casi para una novela. Es el transcurso de toda una vida. Algo así como pretender que nuestros hijos no se hagan mayores, que no tomen decisiones por sí solos, que nos consulten todo cuanto afecte a sus vidas...


Me pongo en la situación del amigo que le parece percibir que la persona que ha cambiado está peor que antes del cambio. ¿Qué hago para cambiar la situación, para influír en su ánimo, para que reaccione? ¿La acompaño más? ¿Le dedico más tiempo para saber cómo se encuentra? ¿Me preocupo de hablar sin prisas de ello? ¿O me dedico sin más a pincharla con cierto sarcasmo refiriéndome a todo lo que no me gusta de su aspecto actual? ¿Qué hay de lo que siente? ¿Qué sé de cómo se ve ella?


Es obvio que se quiere ayudar, quizás el problema resida en que la forma no es la adecuada. Para empezar, creo que no somos siempre los mismos, que vamos cambiando según ocurren nuestras circunstancias, aunque haya una base de creencias que permanezca más o menos estable.


No podemos ser los mismos cuando la tristeza nos embarga, cuando la desgracia nos acecha, la injusticia nos rodea y el amor se nos muere o pasa de largo por nuestra puerta sabiendo que "precisamente ese" era nuestro amor.


Todo momento de rabia necesita un tiempo para aplacarse y hacer que vuelva la calma. Todo momento de dolor precisa el suyo para poder volver a sonreír. El dolor profundo, el que nunca se puede borrar de nuestro corazón, de nuestras entrañas, siempre estará ahí, por más que lo queramos distraer; sólo se le dan pequeños respiros, tras los cuales tomamos nuevas fuerzas para poder seguir soportando nuestro ya viejo y conocido dolor.


Y no, no somos los mismos. Algo ha cambiado en nuestra vida, en nuestros sentimientos, en nuestro orden de prioridades, en nuestro quehaceres cotidianos, en la forma que tenemos de afrontar la nueva etapa que se nos presenta o en la que hemos abocado. Todos tenemos nuestro tiempo de duelo particular, nuestro luto ausente de negro, pero luto al fin. Y a la gente no le gusta el luto. Por eso reacciona no aceptándolo.


Tú, querídisima amiga, lo pregonas a los cuatro vientos y casi resulta ofensivo. Además, tu duelo conlleva un cambio brusco ante el que no se sabe reaccionar, ante el que no se te puede decir qué hacer, cuál podría ser una posible solución. Un duelo que no tiene las mismas respuestas fáciles de cómo vestirte para estar atractiva o qué rimmel resaltará más tus pestañas y la mirada de tus ojos, qué ropa ponerte para una fiesta o cómo entablar conversación con un desconocido que te gusta y al que gustas.


No hay respuestas. Hay vivencias. Hay dolor. Hay ausencias. Deseos también; pero no de ser como antes, deseos de tener lo que se tuvo con premisas diferentes, con otros condicionantes más halagüeños. Y casi me aventuraría a suscitar una idea personal: Tu duelo es un duelo a la masculinidad. Necesitas terminarlo, pero no le has puesto fecha, no hay regla que marque "seis meses de luto riguroso y seis de alivio". Será tu ánimo el que decida, tu nueva forma de estar la que resuelva cuándo se pueden abrir las ventanas para que entre la brisa y el sol caliente la estancia, sabiendo que la persona que hay en ella es ya otra distinta a quien la cerró, con una nueva forma de enfrentar la claridad solar y de recibir la brisa acariciadora del mar.


Este post no pretende dar respuestas a nada, tan sólo hacer saber que la amistad es un bien maravilloso que no se puede descuidar ni malgastar, que amigo no es únicamente sinónimo de risas o diversión, lo es también de lágrimas y de comprensión, de saber estar aun cuando no nos guste lo que se hace, de compartir aunque los comportamientos sean otros. Respetar las decisiones, que no compartirlas, mantiene una amistad. Pretender cambiar las decisiones, atacarlas, la hace fracasar.


Para ti, autora de mi carta manuscrita, mi apoyo incondicional, todo mi cariño y, por supuesto, toda toda mi amistad.